la entrevista, tipo formulario, que no publicaron…

28/10/2008

 

Se trataba de presentar al autor -a mí, en este caso- en su faceta más doméstica y amena. Recuerdo que vino la fotógrafa a casa y que me sometió a una interminable letanía de posados. Al día siguiente, la sección -Página en blanco, se llamaba- desapareció del periódico al que iba destinado por motivos que no recuerdo haber descifrado nunca. Son cosas que pasan y quedan.

PREGUNTAS

*Armamento:

 

-Bolígrafo cuando no estoy en casa. Tomo muchos apuntes de campo en los márgenes de los periódicos o en simples servilletas de papel. Es una vieja costumbre. El trabajo definitivo lo hago, por supuesto, en el ordenador. Ya no sabría hacerlo a mano y es una lástima, pero cada vez me cuesta más descifrar mi extraña caligrafía.

 

*Santuario literario:

 

-En cualquier sitio. Atrapo las ideas dónde y cómo sea. No hay que desperdiciarlas. Con todo, los trabajos los concluyo siempre en casa, al abrigo familiar de mis cosas.

 

*Momento del día:

 

-Soy noctívago. Antes amanecía muy a menudo sobre el teclado. Ahora sigo escribiendo de noche, pero hacia las tres de la madrugada suelo dejarlo todo. Luego aprovecho las primeras horas del día, mientras tomo el zumo, el café y leo la prensa a través de internet, para aclarar las ideas nocturnas y darles la forma final.

 

*Modus operandi:

 

-Tanto en los artículos como en los libros escribo siempre dejándome llevar, incluso de manera compulsiva, del tirón. Luego copio, corto, pego, hago y deshago casi infinitamente. Las posibilidades de los procesadores de texto son inagotables y ayudan mucho a ordenar las ideas y filtrar, así, los textos.

 

*Manía/amuleto:

 

-Ninguno, salvo una dosis razonable de silencio y un montón de libros abiertos alrededor. Sobre todo, diccionarios y libros antiguos, voces familiares que aprecio, pero no sólo en papel sino también en formato digital. Leo, a menudo, en la pantalla líquida del monitor.

 

*Recomendación veraniega:  

 

-Más que en libros, pensaría en autores y me olvidaría del calor. Los adictos a la literatura catalana podemos leer a Cristóbal Serra. Sí, ya sé que escribe en castellano… Miel sobre hojuelas. Tampoco está nunca de más releer a Juan Ramón, a Eliot, a Pound, a algunos poetas del 98, del 27, del 56 o del lustro pasado. Las relecturas suelen arrojar resultados sorprendentes. También las joyas literarias que, por lo que fuere, se te escaparon en su momento y, sin embargo, todavía perviven. Por ejemplo, Mortal y Rosa, de Francisco Umbral. En realidad, lo único ilegible serían los terroríficos libros de autoayuda y los premiados, por inercia amical o administrativa, en los festivales literarios de puro marketing.

 

*Un buen título para un mal libro

 

-Los malos libros se olvidan rápido y poco importan, entonces, sus títulos. Por citar alguno, entre tantísimos, La Quinta Montaña, de Paulo Coelho. Un título típico, de tres palabras -normalmente artículo, sustantivo y algún que otro adjetivo sustantivado, donde prima el impacto o la ambigüedad- para una obra desdeñable. Lo mismo cabría decir de El Código Da Vinci y lindezas similares.

 

 

*Un mal título para un buen libro

 

-Normalmente a los buenos escritores no se les cuela ningún título que no esté, más o menos, a la altura de lo que escriben. Y además, si el libro es bueno, lo cierto es que hasta el título acaba sonándote bien. Por citar una excepción, me acuerdo ahora del siempre estimable, poco recordado y aún menos citado, Albert Cohen. Dos de sus mejores obras se adornan con títulos realmente pintorescos. Me refiero a Comeclavos (1938) y Bella del Señor (1968).

 

*Mi primer escrito:

 

-El aprendizaje es tan largo que se sabe cuándo empieza, pero no así en qué momento termina. En realidad, la búsqueda de conocimiento es un proceso sin fin. Recuerdo que, de niño, escribía canciones -seguramente ripios- en un pequeño cuadernillo de tapas rojas. Uno de esos de anillas metálicas, con hojas intercambiables y manchas de aceite por todos lados. Más tarde empecé varios libros, tanto en prosa poética como en verso, que me sirvieron para ir alejando mi voz del eco inevitable de las primeras lecturas serias, quizá Hölderlin, Ungaretti, Rilke, Cervantes, Hesse, Nietzsche, los presocráticos, algunas alucinadas interpretaciones occidentales de la filosofía oriental o incluso los clásicos españoles del Siglo de Oro, todavía entonces mal digeridos, como es lógico. Hay épocas en que la curiosidad crece exponencialmente y el mundo resulta ser un batiburrillo de lo más sugestivo e interesante. Deberíamos preservar esa predisposición, la insaciabilidad de ese instinto. No abandonarlo jamás. Más tarde, empecé a escribir artículos, en un suplemento de cultura, sobre Rimbaud, Artaud, Kafka, Camus, Robbe-Grillet o Huysmans, entre muchos otros. Sin embargo, y ahora retrocedo en el tiempo, mi primera publicación en prensa fue un curioso, vehemente y juvenil artículo sobre la liberación personal frente a las insuficiencias del materialismo dialéctico… Sin duda, eran los días gloriosos, ya tardíos aquí en España, del poder y las flores. Nada menos. Ha llovido mucho desde entonces pero sé que todavía ha de llover mucho más. Vale.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: