Unas palabras sobre Pound -El Día de Baleares, 28-4-1984

28/10/2008

 

La abolición de la literatura como simple pretexto estético y la recuperación del momento poético como único engarce posible entre las distintas circunstancias de la vida humana, contemplada como epopeya del hombre a través de los tiempos, son las piedras angulares que sostienen Los Cantares (*) de Ezra Pound. Este larguísimo poema conduce a la poesía, tal vez como Cervantes o Joyce con respecto a la novela, a un esplendente callejón sin salida: áureo conglomerado, diorama que reduce con lujuria las artificiales divergencias entre verso y prosa, devolviendo al lenguaje su eufónica libertad, su aliento siempre en brega con el mundo, su pureza y razón de ser originales.

Pero no es fácil deslindar la obra de la azarosa y mítica vida de su autor. Nacido en 1885 en Haley, Idaho, Estados Unidos, Ezra Pound convierte su vida en un continuo navegar contra corriente, que le llevará, hacia 1943, a ser inculpado de alta traición por colaborar con el fascismo italiano y a ser declarado oficialmente loco, a mayor vergüenza y escarnio de su propia patria – qué lujo desperdiciar tanta lucidez – para, tras ser encerrado en un hospital psiquiátrico y ser posteriormente exculpado, tarde, demasiado tarde, como siempre suele suceder en estos casos, ir a morir en el exilio, en Venecia, en 1972. Pero su vida fue, asimismo, un perenne impulsar las vanguardias artísticas del momento: en 1912 funda conjuntamente con T. E. Hulme las bases del Imagismo que aglutinó, en su corta vida, a poetas de la talla de Amy Lowell, D. H. Lawrence, John Gould Fletcher o Williams Carlos Williams entre otros; y posteriormente crear el Vorticismo con el escultor Henry Gaudier-Brzeska – voluntad y conciencia son nuestro vórtice, decía su manifiesto – sin olvidar, por supuesto, la ayuda que brindó a T. S. Eliot y, en general, a todos los artistas de su época para los que fue mecenas, amigo, y a qué negarlo, desinteresado maestro.

En este punto podemos enfrentarnos y extendernos un poco sobre Los Cantares y su temática. El libro es una auténtica antología y compendio del saber poético y universal del ser humano. Fieles a la máxima poundiana de no repetir en lengua vernácula lo que ya fuera expuesto anteriormente en otras lenguas y culturas, Los Cantares amalgaman, a modo de constelación, toda clase de signos verticales y hasta visuales: griegos, latinos, chino mandarín, alemán, español, italiano….. El mismo Pound en su Cantar 96 nos explica su postura con respecto a las numerosas críticas de ilegibilidad que a su obra le fueron y, posiblemente, le serán hechas. Dice así:

“Si nunca escribiéramos sino lo que ya se ha comprendido, el campo de la comprensión nunca se ampliaría. Uno exige el derecho, una y otra vez, de escribir para unas cuantas gentes con intereses especiales y cuya curiosidad penetra en mayor detalle”. Más claridad y rotundidad de criterio, imposible.

En su contenido, la clave de Los Cantares reside en la tesis siguiente: sobre la faz de la Tierra sólo hay una tribu, la tribu del hombre. El hombre indiviso y así eterno, el hombre de Oriente que es el de Occidente, poco importa que se llame Hiuen-tsong, Malatesta, Adams, Bismark, Ruy Díaz de Vivar, Mozart, Gaudier, Cavalcanti o el anónimo Sr. Rothschild. La visión de Pound es, desde luego, historicista pero sin dejarse someter a cronologías que no comporten algún grado de mejora en el espíritu humano. Los destellos del saber han ido devolviendo aquí y allá, en este u otro instante, el ovillo de la historia, y sus gestas positivas unas, negativas las más, son las anécdotas, siempre significativas aunque desprovistas de todo rasgo mítico, que nos configuran y determinan.

Pound descarga todas sus iras contra La Usura – “Usura, commune sepulchrum”, escribe – que, según él, es la causa de todas las guerras y de todos los males que padece la sociedad desde sus orígenes. En esta tesis cabe encontrar las causas que motivaron su simpatía hacia Mussolini, quien le había prometido, en conversaciones privadas, eliminar la emisión fraudulenta de las instituciones bancarias, creando el llamado “certificado de trabajo” y acabar así con el comercio a base de la plusvalía ajena y los déficits estatales. Ojalá la cosa fuera tan fácil pero, desde luego, la intención no podía ser más loable.

Otro tema es la correcta definición de los términos: el Cheng o Ch’ing Ming. Pound recrea en varios pasajes a Confucio y propone la búsqueda de lo apolíneo: el equilibrio mental y emotivo debe ser el fin normativo de toda la conducta humana, equilibrio moral, ético y filosófico que sólo a través de la inteligencia y de la comprensión es alcanzable.

Asimismo, Pound propone la libertad como germen de todas las transformaciones o renovaciones que debe buscar el ser humano con vistas a su progresivo perfeccionamiento. La vida es una obra en marcha, como también adujeron Joyce o nuestro Juan Ramón Jiménez.

Y por último, los temas inevitables: la Belleza, el Amor y la Muerte. Rinde Pound homenaje a Guido Cavalcanti, amigo y condiscípulo de Dante, hurgando en el espíritu de la Belleza – la belleza es difícil, Yeats, dijo Aubrey Beardsley / cuando Yeats le preguntó por qué dibujaba horrores… -, del Amor y la Muerte, que en festín dionisíaco celebran el conocido Coro de los Linces, orgiástico tropel de las demonologías griegas… y americana.

Ya para finalizar, es obvio que la lectura de Los Cantares nos traslada, y el viaje es seductor, allí donde pensamiento y lenguaje realizan su alquímica fusión, revelando paradójicamente la imposibilidad de tal evento: el sinsentido, nebuloso reino, nos aguarda para confiarnos el misterio aniquilador de la vida, que sólo puede ser vivida más allá de los signos, comunión del individuo con la tribu, cópula del intelecto con la naturaleza que, cual mantis religiosa, acaba engulléndonos. La obra de Pound es ejemplo de ello, mayéutico desvelamiento de las potencialidades que en germen, a modo de larva, poseemos. Qué duda cabe.

 

 

(*) Los Cantares completos de Ezra Pound (I- CXX). Editorial Joaquín Mortiz, S. A. México. 1975. Con una introducción, anecdotario y traducción excelentes de José Vázquez Amaral.

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