Epílogo (de Duellum, La Lucerna, 2007)

29/10/2008

ARTE POÉTICA

 

 

«There is a time for the evening under starlight,

A time for the evening under lamplight»

T. S. Eliot

 

 

 

 El silencio tensa la frágil superficie del papel igual que la resbaladiza superficie de la piel o las cosas. Resuena el vagido inicial y repite la tensión – ese preludio necesario al movimiento.

 Pero no hay tragedia, sólo conciencia deshilachada y volátil, de apariencia ingrávida y vocación fugitiva o pródiga. Ella es la que nunca nos abandona por completo; la que regresa y nos usurpa; la que mide los desequilibrios y los hace poéticamente habitables como un destierro; la que emprende, por nosotros, el largo viaje por los laberintos de las mansiones interiores, repletas de bóvedas, invernaderos de muchedumbre y asfixia, pasadizos ocultos y ventanales anegados. ¿Es este el momento de hablar de los dolos del lenguaje?  ¿De las sílabas líquidas del azufre? ¿De los coágulos, como telas de araña, del metal en ignición?

 La geometría de las transparencias nos puede apaciguar el ánimo, es cierto; y de hecho nos permite atender a la vigilia atenta de la realidad y sus cambios como si alguien pudiera ocupar exactamente nuestro lugar y eliminar la cenestesia de sabernos otros – ese alguien que no llega, que no puede ni debe llegar, esa demora definitiva es la que otorga sentido a nuestras expectativas. ¿Esperamos?

 Así es. Esperamos, porque esa es la principal función del lenguaje.

 Aplazar, concedernos una penúltima prórroga y recluirnos en la antesala del conocimiento –ese misterio diferido– como de este epílogo a modo de sala de espera o destino final del poema – y ya en sus alrededores obligarnos a reconocer que si hemos traspasado el umbral lo hicimos sin ni siquiera asistir a los pormenores del tránsito.

 Por eso nos asombrarnos con la extraña persistencia en las retinas de una luz que ya dejamos atrás, pero que seguimos intuyendo a nuestras espaldas y que ahora, adentrados con paso vacilante y perplejo en los primeros peldaños del claroscuro, nos revela cuanto somos. Quizá hologramas en busca de refugio y consistencia física. Puentes tendidos hacia un inexistente cónclave. Tal vez el resultado impreciso de una agónica y tumultuosa experiencia mística.

 Nos queda el pudor de reconocer nuestras deudas y saber que el duelo no tiene otra finalidad que la propia existencia. Que no hay olvido ni puede haberlo; sólo fisuras en la memoria y en las celosías de los calendarios, huellas en el hielo y en la arena, con la imagen de la piedra al fondo, fuga necesaria de espectros que se nos aparecen como voluntarias metáforas, sin serlo.

 [ Emir, Edith, Nicolás y Elizabeth ya no importan; cumplieron con su papel en la trama y fueron olvidados.  Ahora sus nombres son sólo silencio ]

 Nos queda el rescoldo de una sonrisa y algo mucho más significativo, su paradoja.

 La mansión sigue estando vacía, el señor ausente y las luciérnagas nos rodean.

 Será porque nos son imprescindibles, tal vez, para vaciar por completo la conciencia, para reconciliarnos con el universo y ordenar, en silencio, las palabras  – y así, en esos instantes de rol suspendido, contemplar al fin la existencia como lo que es: un oxímoron.

  

 Juan Planas Bennásar

en Palma de Mallorca,

mayo 2006

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