Prólogo (de Insomnios, La Bolsa de Pipas, 2003)

30/10/2008

 

 

 

“Te ruego que penetres en tu vida,

te lo suplico, aprende a decir Yo

cuando yo te pregunto;

porque tú no eres parte sino todo,

no porción sino un ser”.

Ezra Pound

 

 

Miro alrededor para cerciorarme de que existo. Una forma ajena se adhiere a mis contornos y me obliga a distinguir entre adentro y afuera. Intento diluirme en ese laberinto. En ese lenguaje. Y sólo hago acto de presencia para desandar los senderos que me condujeron al extravío, sin permitirme llegar a buen puerto.

 Veo un sol crepuscular y una línea dibujada donde se extingue el universo. Distingo un arco iris embrujado sobre un mar de aguas turbias y una sospecha de amargura que se balancea en ese lugar tan alejado donde convergen las miradas. Algo infinito reducido a un solo punto. Y el recuerdo de una explosión antigua en el tiempo recorre mi piel como un escalofrío del que ignoro el origen.

 Tengo por ciertas no pocas dudas.

 Repetiré esta última frase hasta que deje de tener sentido. Multiplicaré mi imagen hasta convertirme en el más ínfimo reflejo de mí mismo, allá en la profundidad inalcanzable del último espejo.

 Lego esa asombrosa letanía martirizante a quien pueda y quiera perseverar en ella, y reconozco en mi mirada un leve temblor de envidia. Sólo acumulo interrogantes y una sonrisa cómplice, quizá algo triste, que nunca me abandona. Miro alrededor para cerciorarme de que existo.

 

 

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