Fragmento de El Árbol de Teneré

13/05/2012

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Hay parajes resecos donde prendemos hogueras

y cuevas subterráneas donde yacemos. Afuera acechan

los carros de combate y, adentro, el fraude de la calma.

¿Quién puede cruzar los campos de fresas

y amapolas? ¿Quién escuchar el lamento de los fósiles?

El estruendo es como la noche, un manto de cobre,

un río púrpura de peces palpitantes como estrellas,

la pléyade de los delfines en el arenal del cielo.

Un alhamar minúsculo en la superficie escarpada

de una ascensión suicida. No hay otra escapatoria

que la quietud o el salto, que el silencio o el grito,

que el vuelo inmóvil a través del tiempo y el espacio,

reconvertidos en poema, en voluntad y en ofrenda.

Desprendidos del lastre, qué ligera es la marcha

y qué volátil o incierta, qué invisible es la presencia.

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