Recapitulación

07/02/2017

 

Fue durante el destierro cuando todas las fuerzas del universo

nos empujaban hacia el desastre de los días sin más brújula

que un único árbol en mitad de todos los caminos. Hablo de Teneré

y los desiertos del insomnio y la fiebre. Hablo de alguna buhardilla

en las ciudades próximas a los polígonos industriales del Vallés.

Hablo del infierno en el casco antiguo de Palma

o de la muerte fulminante

                                         (de la inocencia)

                                                           en alguna callejuela entre la niebla

y las dos torres de Valencia. Hablo de cualquier otro lugar

inverosímil, donde quise desafiar al trueno y también a la luz

que lo precede. Desde entonces alguien sigue mis pasos

con la misma atención con que me ausculto cada noche

y dejo luego que la sangre fluya suavemente hacia las gárgolas

y los acantilados del alba. No voy a poder dormir en siglos

ni abandonar esta vigilia sin pausas, este cuadro infernal,

este revuelo interminable de amapolas que me arde en las manos

y deja su ceniza imaginaria en mi pecho. Parece que Dios

brota en algún lugar muy adentro, pero que sólo se manifiesta afuera.

 

  

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