Variaciones

16/08/2014

 

Podríamos (con Robbe-Grillet) cosificar el mundo, convertirlo en objeto de nuestro deseo y convenir, después, en que no hemos avanzado un ápice en su conocimiento. No ayuda recolectar calumbre para vengarnos del tiempo que lo engendra. Tampoco la inercia de los acontecimientos, ni el valor objetivo de sus dádivas: el escarabajo que seremos esta misma mañana (al intentar sin éxito levantarnos) prevalece sobre el ejercicio gimnástico de la purificación por el método, el esquema analítico, el esfuerzo (tan poco varonil) de buscar una síntesis; es decir, algo inteligible.

 

 

Imágenes Urbanas

01/12/2012

La Revista Agitadoras.com acaba de dar a luz su número de Diciembre. Incluye dos breves apuntes inéditos de algo que llevo entre manos (o sobre mis espaldas). Lo podéis leer en este enlace.

Uno de ellos dice así:

Tras la ventana, una mujer se ajusta las medias, en presencia de otra que parece mirarla con una sonrisa en los labios. No sé si habla o si tararea alguna canción. Yo las observo a ambas sin que me vean. Podría ponerles nombres. Isabel y María, por ejemplo. O Virginia y Alfonsina, tal vez. Podría imaginar sus vidas fuera de esa habitación con vistas y convertirlas en heroínas o en víctimas de alguna tragedia. Pero tanto da. La creación es sólo una sospecha. Dentro de un instante, Isabel y María, Virginia y Alfonsina o Laura y Beatriz saldrán a las calles creyendo ser las únicas dueñas de su destino. Y nadie sabrá nunca si eso es así. O no.
 
 Juan Planas Bennásar
.

Se trata de las palabras que dije en la Presentación de El Árbol de Teneré en La Biblioteca de Babel.

 

Biografía Esencial ( o En la estación inmóvil)

 

 Cada nuevo libro es sólo un escalón más de una misma y única escalera. En ese viaje -un tránsito sometido, en fin, a ciertas normas y constelaciones de orden superior sobre las que debo callar y sobre las que, por supuesto, callaré- me sé embarcado desde siempre. ¿Cómo detenerse, pues, y contaros cómo es este nuevo libro en mitad del otro libro, el de la vida? ¿Cómo hablaros de la continuidad desde las intermitencias? ¿Cómo del todo desde la ficción de sus partes? ¿Cómo de lo que se mueve desde la fragilidad de una estación inmóvil? Bien, aunque sea imposible, siempre se puede fingir lo contrario y para eso estamos aquí esta noche. Así, pues, empecemos.

 Uno sabe que no acertará, jamás, a decir la última palabra -es decir, la definitiva- sobre lo que escribe. Leo y releo mis textos (no demasiado, por otra parte) y presiento en ellos el caos, pero sólo en el preciso instante en que aparece la belleza. O viceversa. Simultaneidad y divergencias. Conjunciones. Diáspora. Ascensión y caída. Debacle. Catástrofe. El paraíso perdido de Milton. La Biblia. Dante. Juan Ramón Jiménez. La inteligencia imposible del nombre exacto de las cosas. Los otros tres o cuatro poetas que cito en el libro. La realidad que podemos soportar y la que no, porque nos supera y nos vence. Nos convierte en otros, nos pervierte (versiones/perversiones) pero, también, alienta nuestra vigilia y temblor. Al menos, hasta que nos aniquila.

 Con todo, observemos el paisaje, aunque la tela apenas sí se sostenga y las termitas hayan destruido su solemne marco de madera o de tiempo. Ahora ya de cenizas o de infinitesimales astillas de un espejo. La vida discurre, en apariencia, sin pausas ni demoras, pero no es así. Yo me detengo. Abandono. Me ausento. Desconecto. Me tomo un respiro y desaparezco. O eso digo y hasta lo creo cierto, mientras lo digo. Pero los velos del lenguaje -verticales, oblicuos, quizá intemporales- no cesan -incluso en mi provisional ausencia- de danzar como mecidos por una extraña música: los timbales de la sangre. O por un misterio. La persistencia de la biografía en la memoria.

 Presiento el caos y aparece la belleza, dije. O vine a decir. Y, como si llegado de otro lugar y otro tiempo, un escalofrío recorre mis palabras -las palabras de mi cuerpo- y, entonces, miro y veo y no veo, pero sé que ahí están, estuvieron y seguirán estando, inseparables, indiscernibles, la belleza (siempre lujuriosa y hasta siniestra) y el caos (siempre siniestro y hasta lujurioso).

 En el Árbol de Teneré sucede algo así. Un árbol solitario, y en mitad del desierto, destruido por un improbable accidente automovilístico o por el hambre infinita de las termitas… El conflicto -que nos conduce a una acacia de metal- entre la naturaleza y la civilización. Entre la singularidad que uno es y la otredad, que también. Hay una colisión en alguna parte o, quizá, en todas. Una colisión múltiple y universal. Ese el punto de partida donde, tarde o tempano, acabaremos descubriendo que el protagonista, que da título al libro, es en realidad un ser ausente. Un artefacto de madera o metal, una metáfora oculta -no sé si viva o si muerta- sobre la que, sin embargo, gira o serpentea el poema. Un poema de unos mil versos encadenados que, a veces, se contrae y expele, entonces, alguno de los doce sonetos posteriores de El arpa de arcilla. Los árboles, la tierra, la música, la madera, el metal, el cuerpo y las termitas.

 La historia que se cuenta es un cúmulo de recuerdos y otro de premoniciones. Un cruce de caminos ficticios -porque ninguno llegará nunca a completarse- donde sigue habiendo, cómo no, unos velos y una danza intermitente, unos pliegues verticales, oblicuos, quizá intemporales y, en su interior, el caos. En esa sucesión de imágenes me reconozco, aunque sólo sea de vez en cuando. Reconozco -sin pretender recuperarlo- mi cuerpo de palabras construyéndose y deshaciéndose. Reconozco lo familiar y lo ajeno, lo tranquilo y lo turbulento, lo existencial y lo anecdótico, el ruido y la música original de unos versos con los que enfermé, al escribirlos, porque recordé haberme criado según su misma cadencia, ahora ya -al fin- la de mi pensamiento o mi memoria, y hasta seguir, en ocasiones, viviendo o reviviendo en ellos; al menos cuando soy quien soy y no quien pude -o no pude, porque no quise- haber sido. Estos versos son, aquí y ahora, escurridizo lugar, mi mejor refugio pero lo serán, también, cuando ya no los necesite.

 Pero no voy a ordenar ni a descubrir mucho más mis pensamientos. Tampoco mis textos. Viajo rápido, abro la ventanilla y me veo solo en una estación inmóvil. Me saludo y hasta me sonrío, pero sigo mi viaje y sigo esperando ese tren que no llega y en el que viajo. Sigo viajando y saludándome y despidiéndome de mí mismo hasta que vuelvo a mis textos.

 El orden está en ellos sin que yo necesite reconocerles estructura alguna. ¡Y son sólo estructura, como lo es el árbol de Teneré -ahora en un museo desconocido- y lo somos yo y yo mismo en este lugar inmóvil y en este viaje de vértigo!

 Me queda, eso sí, acabar como empecé y regresar a la biografía esencial y a la percepción de la belleza, que es un no estar, propiamente, sino como un brevísimo suspiro, un pálpito de deseo y placer revolcándose furiosamente ladera abajo de los bosques hasta la orilla de la arena y la espuma del mar muerto. Me alcanza su agua rizada y sé que, muy pronto, me vencerá el sueño.

Apuntes 10

Juan Planas Bennásar

No habrá de ser esta la hora definitiva en la que, como un bárbaro iluminado y hambriento, salgas a la ciudad y hundas tus manos en sus arterias de barro buscando el polvo áspero y alimenticio de la verdad o la locura.

[Ahora ya puedo destrozar esta frase

y luego el mundo que la envuelve

y el que lleva escondido muy adentro

donde la piel tirita y se desgarra,

se hace sangre y amatista, biología

del aire, del espíritu y el silencio]

Aquí el hallazgo se reduce a una impostura, al anhelo de un diseño que parezca ajustar las coordenadas de todos los círculos y sus vacíos interiores, a la búsqueda de una solución única para todos los enigmas, al hallazgo de una síntesis que reduzca las tensiones y rebaje el nivel del pensamiento y su grado de agonía: de complejo a simple, de abierto a resguardado, de espiral en movimiento a acción cumplida, presa inerte, lógica abatida tras la breve exhibición del pábilo; primero, en algún lugar sin nombre de la memoria y luego en el desierto, en su lento tiempo de plomo, del olvido.

 

 

Apuntes 9

No esperamos gran cosa. Sólo ser capaces de dibujar una gruesa línea de luz y, en su diseño inacabado, incluir las huellas remotas de una colonia muy numerosa de partículas suspendidas en el aire; su dibujo, una especie de sarpullido, una nebulosa elíptica e iridiscente con el impreciso color de la materia en construcción, ese enigma que se reproduce y se degrada con tanta rapidez e inercia como caos y sigilo; acaso los detalles ígneos, la elegancia fatal de un proceso autónomo de reproducción asistida.

Su única tarea -y la nuestra- habrá de ser el tránsito a través de un puente tendido entre dos agujeros negros, ilocalizables, espectrales e innombrables sobre los que no parece existir ningún nexo de conciencia más o menos sensorial ni, tampoco, forma alguna, discernible, de percepción. La ignorancia del origen es también la del destino.

Todo se resume -¿de verdad?- en un cónclave disperso sin sentido lógico ni conclusión crítica posible. Aquí la relatividad no existe o no se manifiesta como tal. Para celebrarlo nos queda el destierro cáustico del silencio o la complicidad científica de la fe en la prueba y la reiteración. La hermética indeterminación del error. También podemos -sin que la posibilidad constituya prueba de libre albedrío- sumarnos enloquecidos a los cánticos que, desde la dialéctica, el temor y las letanías, parecen dirigir unos pocos elegidos, señalados con la toga y la túnica púrpuras del extravío, inconfundibles sus manos infantiles y el poder carnal de su mirada aturdida.

Pero aún así, el mundo no se resigna -no, al menos, del todo- y aguarda como esperando un nombre, una síntesis, un diagnóstico, un sedante, un artificio cualquiera, un bálsamo contra la expectación o el dolor, la escrupulosa angustia del que se espera a sí mismo sin ser capaz de reconocerse, no importa cuándo ni dónde [sabemos que puede no valernos ni tan siquiera este instante, este instante de ahora que deja atrás un aire familiar y amargo, una nostalgia, una náusea o un fragmento agudo de placer memorable] pero ello, a estas alturas, tampoco importa. Nada importa.

El lugar definitivo sólo podrá ser irreal e imaginario: el lugar en el tiempo otro de la gramática y los alambiques de cristal y sílabas, los cirros pasajeros, las entrañas proféticas de un pez de barro moribundo y trémulo, sus soplos pausados de aliento y fatiga, las humaredas de vaho y polvo de niebla en la piel rota de la tierra -el delta virtual de las llanuras, las arboledas y los valles, el bíblico triángulo de la percepción invadido por el frío vociferante- tras las primeras luces y las primeras palabras.

Pero ahora, en los canales subterráneos donde auscultamos los pasos fúnebres del metal, el tiempo y la muerte, una antigua explosión nos destroza, otra vez, los tímpanos y es, ahora, de nuevo, cuando la creación sustituye al silencio y recomenzamos. No esperamos gran cosa. Etcétera.

 

Apuntes 8

Estoy en la ciudad. Aquí los portales encierran patios donde desembocan angostos laberintos con encrucijadas repletas de inscripciones ilegibles: quizá sean el plano perdido de la memoria o algo mucho más sencillo, las coordenadas del pozo de agua oscura y cristalina donde yacen, acuñados bajo tres capas de noche y en su lengua original, los nombres.

Mientras tanto, las arterias exteriores vuelcan su savia por las alcantarillas como si fueran árboles desangrándose y una membrana finísima -de aspecto frágil y flexible y muy próximo a la locura- nos une a las palabras como a las cosas.

Lo sé. Deambulamos sobre los andamios con la pesada obsesión del equilibrio, del equilibrio pese a todo, el lastre con vistas del vértigo, la falta de mejores perspectivas que las del vacío, la ensoñación previa al abatimiento, la dilatación del tiempo en la sien palpitante, el antiguo ardid de las paradojas, la lente gruesa que deforma las distancias y nos las devuelve vestidas con la polvareda densa de todos los espejismos, el lujo de nombrar el mundo -ahora con este nombre, después con otro- como si fuéramos, al menos en parte, reales y nuestra carga tuviera, no sólo peaje, sino también algún destino. Lo tiene o no lo tiene.

No es la hora, todavía, de las conclusiones. Soy sólo la sombra que siempre tiembla cuando la imaginas. Estoy donde llueve, afuera y adentro. En el andén donde principian y concluyen todos los viajes, en la estación central de un cementerio submarino donde unos buscan reposo y otros vigilia. Todos, sin embargo, sabemos de la extraña presencia de la tensión en los sueños y del rumor de un movimiento imperceptible -la realidad lenta de la creación- que nos convierte, uno a uno, en piedra de río, hielo de glaciar, raíz aérea y, finalmente, en nada.

 

 

Apuntes 7

A veces, el muelle de la acción salta de improviso, se expande y sus círculos metálicos, entonces, se convierten en elipses, en parábolas, en líneas abiertas hacia un punto indeterminado del espacio, del tiempo, de ese enjambre en el que creemos guardar sólo la memoria de las cosas y también se nos acumulan sus restos: el olvido gradual de los nombres, la progresiva indeterminación de sus significados.

Ahora el gesto nos mantiene confortablemente instalados. Todavía hay luz. Una mano deja su firma en el lienzo y esparce sus mínimas huellas dactilares como si el cuerpo fuera el lugar único de la pasión. Quizá lo sea, pero también lo es del desencuentro, del éxodo, de la sucesiva catástrofe en que nos convertimos cuando nos sabemos incapaces de soportar el absurdo y aburrido guión del que creíamos -podríamos jurarlo: lo hemos hecho muy a menudo- el mejor, el más valioso, de nuestros propios personajes.

Pero la identidad es una fábula escondida tras un telón que ahora sube y luego -también ahora- baja. Desconocemos quién maneja el mecanismo, quién acciona las palancas, quién se acuerda de nosotros cuando llega la noche y en mitad del sueño alguien nos arranca del universo y nos lleva muy lejos o muy cerca, a un lugar insonorizado y aséptico donde no somos más que un pálido brote de asfixia.

Apuntes 6

Aislados. La sensación de viaje sólo es sostenida por el recuerdo impreciso de las escalas puntuales. No existe el tiempo del tránsito. No existe la unidad capaz de medir la demora. El éxtasis, la idea brillante, la revelación presuntamente cegadora, el instante único e irrepetible… todas esas percepciones sobrevaloradas sólo existen “mientras acontecen” pero es un error preñado de lógica -aunque negado de filosofía- pretender eternizarlas como en un desfile sobre la lengua rosácea que, a modo de lujosa alfombra, tanto nos gusta extenderles. Se instalan, eso sí, en el lenguaje y, con más propiedad, en sus aposentos situados en algún lugar de la corteza cerebral pero luego se evaporan. No hay memoria física capaz de recrear su naturaleza de forma continuada ni de mantener, creíble, el efecto de su duración.

Pero no todo está perdido. Siempre nos queda enorgullecernos -viejos simios gramáticos: por qué no- del estruendoso fracaso que padecemos -es sólo una prueba, es sólo un intento, otro más, nos lo repetimos- cuando intentamos manipular los procesos, provocar su reaparición espontánea, retroceder o incluso avanzar en el tiempo -la ficción de su presunta línea continua nos apresará el cuello hasta la asfixia- y sentir así, como en un último homenaje a la neurosis del coleccionista de imágenes, lo que ya se extinguió dejándonos un hermoso espacio vacío, las ruinas de un cortocircuito, el lugar primero de la retórica y las metáforas que debiéramos, ahora, al fin, desterrar del todo: un revuelo de pavesas, un rastro de placer o dolor inaccesibles, un eco irregular, una pulsión erótica o quizá administrativa, una necesidad de nombres con que paliar la monótona caligrafía del destierro bajo el sol del desierto -no hay regreso al lugar de las alucinaciones porque ya no pertenece a este momento. ¡El desechable momento de la añoranza!

Este lógico resentimiento -la búsqueda de lo inalcanzable que, sin embargo, no siempre coincide con lo inaccesible- define con exactitud el lenguaje; bien porque engrasa sus resortes dándoles una apariencia irreal de funcionamiento, bien porque, como el mismo aceite que alivia pero también pudre el metálico engranaje de los relojes, de igual forma, acaba atorando los mecanismos del pensamiento hasta la parálisis. Es entonces cuando, tal vez aterrados, apelamos a un lenguaje que primero nos muestre su propia descomposición y en ella -a su través: el ardid de la identificación como último agarradero de la supervivencia- nuestras ruinas, su arquitectura mineral, su esqueleto de polvo y viento. Si pudiéramos auscultarlo percibiríamos nuestro aliento ácido y sabríamos del mito de la deconstrucción vuelto del revés. No hay nada que destruir. Todo está por hacer -y hacerse- desde el principio de los tiempos; es decir, desde este mismo instante -inquieto- de incertidumbre.

Apuntes 5

Estas palabras son símbolos de otras. Ambas ignoran cuáles son presencias y cuáles sólo sombras.

*

Hay un tiempo limitado. La metáfora de un principio y un final que se solapan en este instante de frío intermitente, de concepción de límites, de cuerpo temblando como la hoja vespertina de una rama próxima a desgajarse del árbol. Nacimiento y muerte. Y entre ambos, el tránsito. Otra metáfora.

La lenta secuencia de la catástrofe dura toda una vida y se resume en una sucesión de pliegues y tersuras, un acordeón de teclas descompuestas, quizá un único libro cerrado de golpe en busca de algún sordo rumor más allá de las palabras, entre su espuma. Páginas como acantilados. Ideas rompiendo -el origen de la música- contra la experiencia.

La conciencia frágil de esa estructura edifica el mundo a nuestra imagen y semejanza. Poca cosa. Su decrepitud familiar acaba otorgando sentido -en el interior alambicado de esa ficción dialéctica- a su inminente desplome físico. Lo sugiere o lo predice porque no hay escapatoria más digna que el fracaso. Respiremos ensimismados su último estallido, su ruina confirmada, su interior vacío, su nada completa y, ahora sí, absoluta.

*

El paisaje no puede ser más hermoso. Imposible desdeñar una inmensidad de líneas paralelas que parten hacia un encuentro lejano e improbable, allá en el infinito. Otra nada, otro cónclave indemostrable.

Apuntes 4

Sólo se me ocurre este epitafio:

Aquí los pies y luego el cuerpo entero

se hunden en la tierra. Este es el abismo.

Aquí la voluntad se refugia en estos versos

y estructura columnas, capiteles y ruinas.

*

Los dioses nos dejaron a oscuras. A los alucinados del trasmundo: éste. No cabe mayor ofensa.

Pero podemos ser obstinados y pensar que no hicieron otra cosa que ser fieles a su propia naturaleza. La imitación curva el tiempo y nos devuelve al pensamiento único.

Su devenir está en entredicho. Si todo se repite, nada puede ser nuevo; pero si todo es único e irrepetible tampoco puede ser calificado de nuevo. La novedad se acaba en sí misma y se culmina. ¿En nosotros? Cuando la Historia busca una continuidad lógica se convierte en el anecdotario personal de cada uno. No es mal asunto. Así se escribe la historia de la Literatura, por ejemplo. La simplificación de la tribu nómada en el tiempo y en el espacio -con su trasiego de huídas y destierros, de naufragios y fundaciones- sigue pareciéndome una de las pocas ejemplificaciones de la verdad realmente didácticas, es decir, filosóficas.

*

La pasión es un viaje hacia afuera.

Apuntes 3

La justicia ciega nos tasa en partes iguales. [Más allá de las parábolas, las hipérboles]

La madre postmoderna clamará contra Salomón pero se llevará, envuelta en lágrimas, su preciada parte y la enterrará, ceremoniosamente, en un sarcófago blanco como si el pensamiento -viscoso- hubiera de ser simétrico y la luz única anidase en lo más alto. Su mirada condescendiente podemos aceptarla como la variante de una caricia o el chasquido de un látigo, con idéntica resignación.
*

Ahora –el tiempo de lectura y el de acción nunca coinciden– me revuelvo entre las sábanas. El sueño inquieto presagia un amanecer tranquilo. Al alba, mis primeros pasos intentan desandar el camino de Swann, pero se entretienen en el prisma de Alejandría. Justine me habla de Durrell, mientras intento apartar de mí los circunloquios del Marqués de Sade. Su empeño en justificarse a cualquier precio me parece grotesco, pero tampoco estaría fuera de lugar el adjetivo conmovedor. Ciertas dosis de pureza pueden atraernos, en efecto -pero una sobredosis nos convertiría finalmente en otra cosa. Seres de ritual y máscara. ¿Seres literarios? ¿Místicos de la perversión?

Hay un sendero oculto y contrario que, desde siempre, recorre la literatura por nosotros. No he escrito «en lugar nuestro», sino «por nosotros». Nosotros lo recorremos sin protagonizarlo, mientras el lenguaje nos cubre con su manto. Lo que ocurre debajo, en ese río subterráneo, es lo que quisiéramos auscultar. Lo hacemos hasta el estallido de los tímpanos. O hasta que la explosión nos abre los sentidos y nos los devuelve. Son nuestros. ¿Podríamos ser más precisos? ¿Más locuaces? ¿Más palabras?

Podríamos -con Robbe-Grillet- cosificar el mudo, convertirlo en objeto de nuestro deseo y convenir, después, en que no hemos avanzado un ápice en su conocimiento. No ayuda recolectar calumbre para vengarnos del tiempo que lo engendra Tampoco la inercia de los acontecimientos, ni su dádiva: ese escarabajo que seremos esta misma mañana cuando tengamos el valor de levantarnos prevalece sobre el ejercicio gimnástico de la purificación por el método, el esquema analítico, la inútil síntesis.

Todo podría reducirse a aceptar el poema tal cual es, pero tampoco. Da-da-da, balbuceaba el niño mucho antes que los surrealistas creyeran en las voces fantasmales de ultratumba, en los eventos anteriores al génesis. Artaud acabó elogiando la locura, mitificándola, porque no podía escapar de ella. ¿No hay salida o no la vemos? ¿Qué haríamos si encontrásemos sus puertas abiertas?

Apuntes 2

El mito del eterno retorno es sólo una simple cuestión de fe. Un pensamiento utilitario que nace del improbable paralelismo -o de la presunta sincronización- entre los objetos y sus nombres, entre su función nominal y su efectivo desempeño. Lo extraño, sin embargo, es que la huella borgiana de las habilidades violentas en el cuchillo abandonado a su suerte, sólo se transmite en clave poética. Cojo su pluma y escribo El Aleph. Horrorizado, constato que la nemotécnica es tan execrable como la grafomanía.

*

La palabra escrita siempre deja huella; es su manera de tender un puente entre las ideas propias y las ajenas. ¿Propias? ¿Ajenas? Empecemos desmitificando la propiedad de las ideas. No hay forma sin contenido ni viceversa. La misma cosa no puede dividirse y seguir siendo la misma. Ni la misma y otra. ¿Ambas a la vez? Por supuesto, pero fuera del conocimiento.

El problema es que tenemos restringidos algunos espacios que podrían convertirse en magníficos lugares comunes -de encuentro, pero también de dispersión y crecimiento- y sin embargo, sucede lo contrario. Utilizamos esos templos íntimos, con sus dogmas estremecidos y sus dioses diminutos como si fueran fortines, claustros sagrados, atalayas intocables. Igual lo son. Ahí el aire fresco y la brisa no pueden entrar porque una vida edificada, aparentemente de forma estable, sobre unas cuantas mentiras sociales de cierto éxito no puede aceptar de buen grado -ni a regañadientes- venirse abajo, desintegrarse, tan solo -¡tan solo!- por el motivo revelado de que sus cimientos sean, al fin, en vez de sólidos cimientos de tierra firme, anecdóticas arenas movedizas o pestilentes barrizales de heces en plena combustión orgánica. ¿Cómo sobrevivir sin los antiguos errores de concepto, sin su multiplicación e inercia gratificantes? ¡Todo podría desplomarse en un solo instante de comunicación y entendimiento, de ego abolido, de transgresión absoluta! Ello resultaría insoportable, ciertamente. Pero no ha lugar. El miedo al vacío es, a veces, tan poderoso como solemne y extravagante la concepción excluyente del ego, esa superprotección desmesurada. Infantil.

Apuntes 1

1

Fascinados por el cuerpo -por algunas partes del cuerpo- nos miramos los unos a los otros con una mezcla desequilibrada de curiosidad y recelo -curiosidad por la parte, recelo del todo. [La literatura emula el diálogo de la realidad. El monólogo interior carece de contenido doctrinal, de márgenes dogmáticos; no pretende la construcción de ningún sistema más o menos lógico -pero cuando lo consigue, no intenta ocultar su condición explícita de holograma.]

2

Navegación en cabotaje. Prefiero hablar desde esa precaución que abandonarme a la posibilidad persistente de un viaje a la deriva. Aún así, el lenguaje busca muelles donde descargar su sustancia. Es posible entrever una dirección sostenida y consistente entre los abordajes pasajeros y casi siempre violentos de la razón. Sus impulsos -destructivos o constructivos- nos lanzan esporádicamente contra los arrecifes más inmediatos para recordarnos que, en algún lugar del camino, nos esperan los últimos rompientes, los que habrán de concluir el viaje con una metáfora de naufragio inevitable, con nuestros víveres y tesoros más preciados hundidos de manera plúmbea en el enigma. Ese lugar subterráneo del que, de vez en cuando, tenemos noticias por el cíclico movimiento de las mareas sobre las arenas húmedas y revueltas es el origen y el final del conocimiento.

[A veces recuperamos algunas monedas, algunos cequíes recubiertos de óxido, algunas viejas astillas de madera podrida con un nombre grabado. El nombre nos es devuelto; no así su significado.]

La fatiga en dos actos o recordando a Robbe-Grillet

1

Sobre la mesa, talladas las aristas de un mástil abatido, hay en primer término un antiguo tintero vacío de cristal muy grueso, luego unas cajetillas de cartón reciclable, unos papeles arrugados repletos, aparentemente, de apuntes caligráficos y también, al fondo y casi oculto en la desembocadura de todas las sombras, algo indefinido -quizá un ascua o un sarpullido cárdeno- que brilla medio sepultado por la ceniza. También mis codos soportando dos triángulos similares: los brazos apoyados, abiertos como un abanico imaginario de treinta grados; en un extremo la madera horizontal a modo de tangente, de obsesión por el perfil delimitador de los objetos, y en el otro, mi frente, sus arrugas de arena, su plano algo oblicuo pero muy próximo a la pantalla. Si cierro los ojos el dibujo se disuelve como en un inventario de objetos que nunca conseguiré enumerar ni poner en orden. Si los abro, la composición podría pasar por el boceto alquímico de algún puente colgante. Pero sólo si desecho el equilibrio arquitectónico de la maqueta, rompo los ángulos y pierdo todo punto de apoyo consigo alcanzar el teclado con las yemas de los dedos y garabatear estas líneas en el telar de la ideas.

O palpar su origen. Hasta que en el aire la gravedad me vence.

2

Después de noventa noches sin conciliar el sueño en el lecho -esa referencia es sólo matemática y, en este contexto, la fatiga no precisa de ninguna aclaración empírica- la única geometría reconocible es la del vigía enloquecido, los ojos como atabales, la mirada un glaciar, el cuerpo descompuesto, la piel huérfana de músculos, el tacto ausente, la sangre paralizada y al fondo -que aquí es un lugar interior ajeno al sentido del espectáculo- cierto simulacro de idea, similar a un ovillo, imitando, bien por inercia o ya por desistimiento o absoluta rendición, a la realidad en su conocida posición fetal de nacimiento o muerte.

Esta disyuntiva es sólo un punto insignificante en el croquis del tránsito, una anecdótica confluencia angular donde la voluntad y el deseo simulan seguir sendas paralelas -como las estrategias de la ascensión frente al instante de éxtasis en la cumbre- tan sólo para abolirse mutuamente. Sus distintas coordenadas no señalan un único lugar en el espacio, sino varios situados alrededor en un eje incapaz de contenerlos. Más aún. No hay ni asomo de convergencia entre la “cosificación” del objeto y el “objetivismo” del narrador, que -a su vez y aunque lo niegue- es autor y personaje de la narración que lo narra. Cierta ambigüedad propia del lenguaje y cierto deterioro de la imagen original en la memoria completarían la escena si no prefiriésemos dejarla abierta a sucesivas imposturas. (Esa discusión la mantuve con Alain Robbe-Grillet en el Teatro Principal de Palma contra mis prisas juveniles, la poca paciencia del escritor y la torpeza infinita de una intérprete hermosísima.)

ARTE POÉTICA

 

 

«There is a time for the evening under starlight,

A time for the evening under lamplight»

T. S. Eliot

 

 

 

 El silencio tensa la frágil superficie del papel igual que la resbaladiza superficie de la piel o las cosas. Resuena el vagido inicial y repite la tensión – ese preludio necesario al movimiento.

 Pero no hay tragedia, sólo conciencia deshilachada y volátil, de apariencia ingrávida y vocación fugitiva o pródiga. Ella es la que nunca nos abandona por completo; la que regresa y nos usurpa; la que mide los desequilibrios y los hace poéticamente habitables como un destierro; la que emprende, por nosotros, el largo viaje por los laberintos de las mansiones interiores, repletas de bóvedas, invernaderos de muchedumbre y asfixia, pasadizos ocultos y ventanales anegados. ¿Es este el momento de hablar de los dolos del lenguaje?  ¿De las sílabas líquidas del azufre? ¿De los coágulos, como telas de araña, del metal en ignición?

 La geometría de las transparencias nos puede apaciguar el ánimo, es cierto; y de hecho nos permite atender a la vigilia atenta de la realidad y sus cambios como si alguien pudiera ocupar exactamente nuestro lugar y eliminar la cenestesia de sabernos otros – ese alguien que no llega, que no puede ni debe llegar, esa demora definitiva es la que otorga sentido a nuestras expectativas. ¿Esperamos?

 Así es. Esperamos, porque esa es la principal función del lenguaje.

 Aplazar, concedernos una penúltima prórroga y recluirnos en la antesala del conocimiento –ese misterio diferido– como de este epílogo a modo de sala de espera o destino final del poema – y ya en sus alrededores obligarnos a reconocer que si hemos traspasado el umbral lo hicimos sin ni siquiera asistir a los pormenores del tránsito.

 Por eso nos asombrarnos con la extraña persistencia en las retinas de una luz que ya dejamos atrás, pero que seguimos intuyendo a nuestras espaldas y que ahora, adentrados con paso vacilante y perplejo en los primeros peldaños del claroscuro, nos revela cuanto somos. Quizá hologramas en busca de refugio y consistencia física. Puentes tendidos hacia un inexistente cónclave. Tal vez el resultado impreciso de una agónica y tumultuosa experiencia mística.

 Nos queda el pudor de reconocer nuestras deudas y saber que el duelo no tiene otra finalidad que la propia existencia. Que no hay olvido ni puede haberlo; sólo fisuras en la memoria y en las celosías de los calendarios, huellas en el hielo y en la arena, con la imagen de la piedra al fondo, fuga necesaria de espectros que se nos aparecen como voluntarias metáforas, sin serlo.

 [ Emir, Edith, Nicolás y Elizabeth ya no importan; cumplieron con su papel en la trama y fueron olvidados.  Ahora sus nombres son sólo silencio ]

 Nos queda el rescoldo de una sonrisa y algo mucho más significativo, su paradoja.

 La mansión sigue estando vacía, el señor ausente y las luciérnagas nos rodean.

 Será porque nos son imprescindibles, tal vez, para vaciar por completo la conciencia, para reconciliarnos con el universo y ordenar, en silencio, las palabras  – y así, en esos instantes de rol suspendido, contemplar al fin la existencia como lo que es: un oxímoron.

  

 Juan Planas Bennásar

en Palma de Mallorca,

mayo 2006