Decía en otro lugar que la simultaneidad sustenta el discurso pero destruye el lenguaje. Luego Blogger me dejó a solas con el título y sin la momentánea posibilidad, espero, de probar lo que se pretendía. Ahora eso ya no importa. Las pruebas son manifiestas (y además está el impagable esfuerzo de El Mundo-El Dia de Baleares por lograr el milagro de la coincidencia temporal entre el espacio del papel y los píxeles de la red):

 

Sin Corsé

27/10/2008

 

 

 

 

“Métete en hielo y sal candente”

Cristóbal Serra

 

 

Hay enfermedades comunes que se resumen en unas pocas palabras: fiebre, dolor, ansiedad, compulsión. Suelen ser pasajeras o durar lo que una vida. Poca cosa. Pero hay otras dolencias que abarcan todo el lenguaje porque se sienten huérfanas de síntomas y los absorben como esponjas hambrientas. Son algo similar a un destierro. Escribir es sólo un síntoma más. Por eso, mientras unos hablan y no paran de postmodernidad – como si la línea del tiempo precisara de cánones para llegar no se sabe dónde -, otros simplemente escriben en silencio, en furioso silencio, cabría decir, en silencio demoledor y hambriento de signos secretos, pasadizos escondidos, y deslumbramientos, cabría también añadir, en el caso de Cristóbal Serra.

 

Empecé a visitarle en 1982. Le llevaba mis incipientes manuscritos y él los leía en mi presencia, despacio, con la voz clara y la sonrisa siempre dispuesta. Me apuntaba errores y aciertos con la misma naturalidad con la que nos olvidábamos de los papeles y nos poníamos a charlar sobre literatura, historia o política. Así suelen ser las cosas, mucho más sencillas de lo que aparentan cuando se las despluma del falso aura de la solemnidad o del deslumbrante espejismo de las apariencias o las modas.

 

Compartíamos autores aunque nuestras lecturas no tuvieran la misma intensidad. Tampoco podían tenerla. La Fontaine, Dante, Kafka, Henry Michaux, James Joyce o Ezra Pound, por citar unos pocos, aparecían y desaparecían de nuestros labios. Hablábamos de la “aliteratura” como si pretendiéramos el sabotaje turbulento de la realidad escrita, que es como la que palpamos día a día, pero sin el molesto corsé del maniqueísmo, las buenas costumbres, las medias verdades de la corrección política o, simplemente, el mezquino ir y venir de las vanidades.

 

Cristóbal Serra ha sido siempre ajeno a la literatura como mercadería. Sus libros se han ido sucediendo sin alborotos ni aspavientos, sin más páginas de las debidas y con la divisa de la continencia verbal por norma. A su lado, casi todos parecemos vulgares grafómanos, empeñados en emborronar papeles y más papeles como si la verdad de las cosas residiera en la cantidad y no en la calidad, en la forma y no en el fondo. Qué fácil es, entonces, caer en el error de imaginar asentamientos duraderos. Qué horrible, cuando desaparecen, sentirnos invadidos por la sensación antigua de la catástrofe. Es cierto que siempre podemos intentar apaciguar el terror con alguna matemática de diseño. Y eso hacemos: prometemos auscultarnos a fondo y decirnos lo que tantas veces nos dijimos sin encontrarle, normalmente, el más mínimo sentido.

 

Cristóbal Serra ha sido, desde siempre, un maestro en el noble arte de la vigilia y la auscultación del misterio. Ha sabido observar, tomar sus nótulas y mantenerse al margen de todo aquello que bien sabía que no iba con su naturaleza. Ahora le llega el laurel aunque, por supuesto, él se ha encargado de disfrazarlo de higuera. Menos mal. Le llega de la mano de alguien que le conoce, valora y sin duda le admira, Perfecto Cuadrado, pero también lo recibe de una institución que no ha dudado en ningunearlo desde hace tiempo. Pero qué importa eso.

 

Han pasado veintidós años. Recuerdo sus pudorosos consejos sobre literatura y, muy especialmente, sobre los diarios, un tema que siempre me apasionó. Su Diario de Signos debiera ser una lectura de inexcusable cumplimiento universitario. Podría extenderme mucho más, pero los viajes a lomos de un asno son necesariamente muy breves. El espacio, aquí, es mucho más limitado que el tiempo… O no, porque ahora Internet nos permite escribir cuantos diarios, más o menos íntimos, nos apetezca, en los cuales, aparentemente, lo limitado es el tiempo y no el espacio. Suerte que los pensamientos de Cristóbal Serra, su bondad natural y su perseverancia en escrutar el enigma, siguen estando más allá de la broma geométrica y los malabarismos dialécticos del encorsetado universo en que nos ha tocado vivir. Por muchos años, espero.

 

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No me gustaría hablar de la literatura mallorquina, ni de ninguna otra, con el resquemor en el cuerpo de tener que acabar resumiéndola, parafraseando a Ciorán, con un “no haber hecho nunca nada y morir sin embargo extenuados”… No es el caso. La historia de la literatura mallorquina tiene en Ramón Llull y Cristóbal Serra dos personajes únicos sin los que resultaría muy ingrato trazar esos arabescos que el conocimiento siempre deja en el espíritu humano. Su presencia nos ofrece el necesario bagaje de tradición y suficientes perspectivas como para sentirnos realmente arropados.

 

Si Ramón encarna al hombre del medioevo en su lucha por lograr la alquímica presencia de la luz y la poesía, la transmisión del misterio y el quimérico descubrimiento de la llamada “quinta esencia” luliana, ese éter indecible; Cristóbal se dedica a exorcizar, también desde la soledad y la atenta vigilia de la quimera, la realidad mística de un mundo que tiene en lo más pequeño, en lo más breve y fragmentado su más íntima razón de ser. La obra de ambos se resume en la búsqueda de nomenclaturas que plasman la discontinuidad de sus estados anímicos y convierten sus palabras – que aun siendo únicas pertenecen al lenguaje común – en milagrosos lugares de encuentro donde nace otro reto: intentar reconocerse. Algo tan simple como complejo.

 

Desde Péndulo y otros papeles (1957) hasta su culturalmente autobiográfico Las Líneas de mi vida (2000), Cristóbal Serra (Palma,1922) no ha hecho otra cosa que empeñarse, con tozudez y parsimonia dignas de un asno – su animal literario preferido – en ser fiel a sí mismo. No es poca cosa. Por ello tampoco nos extraña que publicase en 1996 una primera entrega de su obra completa con el título obviamente luliano de Ars Quimérica (Ed. Bitzoc)

 

Pero dónde situaríamos a Cristóbal Serra en una hipotética y medianamente aforística historia de la literatura. No es fácil. Intentémoslo. Hubo escritores orgullosos como Baltasar Gracián, Quevedo, Blake, Joyce, Pound o Kafka que no siempre transigieron con el lector: no quisieron ser legibles a toda costa. Otros, como los simbolistas franceses, primero, y los surrealistas, después, intentaron atrapar el sinsentido del lenguaje con una fórmula al alcance de todos. Tarea imposible, porque ni la sicología freudiana ni el materialismo dialéctico dieron nunca para tanto.

 

Proust nunca supo cuál era realmente su siglo. Sthendal, sí. Camus consiguió ser sublime sin ni siquiera parecerlo. Shakespeare prefirió apoyarse en las trivialidades – recuérdese el famoso monólogo de Hamlet – para  plantear los interrogantes más conocidos. Eliot, Borges, Juan Ramón y, en ocasiones, Cela, probaron a tensar con relativo éxito las relaciones con sus lectores. A Neruda y Walt Whitman se les entendía todo a la primera pero no supieron gobernar la facilidad y la desmesura de su pluma. Lezama Lima se aproximó al concepto pero no pudo escapar a las limitaciones de su destino. Cervantes y también Ramón Llull fueron tan grandes que sin proponerse lo uno ni lo otro, supieron ser legibles sólo cuando les convenía y paródicos cuando les entraba la vena hermética.

 

He citado demasiados autores, lo reconozco. Y aún así he obviado voluntariamente a unos cuantos que sé que Cristóbal admira: Michaux, Larrea, Milton y Ramón Gómez de La Serna, entre otros muchos. Sólo pretendía reseñar que Serra, voluntariamente alejado de las modas y los escaparates literarios, participa del espíritu universal de los escritores citados. Su voluntad de sencillez y contenido poético, su brevedad e ironía incuestionables, su profundidad y videncia, su estilo lúcido y, sobre todo, su persistencia silenciosa lo convierten en un escritor que, aún vivo y siempre trabajando, pertenece ya a la historia de la Literatura. El hecho de que sea un autor inclasificable sólo nos lo confirma.

 

 

 

Hello world!

25/10/2008

De momento estoy en La Telaraña. Esto es una prueba.