La precuela de mi libro Hipertelía (1982) varios años antes…

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Cuadernillos y versos que no vieron más luz que la del paso del tiempo.

 

 

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Se trata de las palabras que dije en la Presentación de El Árbol de Teneré en La Biblioteca de Babel.

 

Biografía Esencial ( o En la estación inmóvil)

 

 Cada nuevo libro es sólo un escalón más de una misma y única escalera. En ese viaje -un tránsito sometido, en fin, a ciertas normas y constelaciones de orden superior sobre las que debo callar y sobre las que, por supuesto, callaré- me sé embarcado desde siempre. ¿Cómo detenerse, pues, y contaros cómo es este nuevo libro en mitad del otro libro, el de la vida? ¿Cómo hablaros de la continuidad desde las intermitencias? ¿Cómo del todo desde la ficción de sus partes? ¿Cómo de lo que se mueve desde la fragilidad de una estación inmóvil? Bien, aunque sea imposible, siempre se puede fingir lo contrario y para eso estamos aquí esta noche. Así, pues, empecemos.

 Uno sabe que no acertará, jamás, a decir la última palabra -es decir, la definitiva- sobre lo que escribe. Leo y releo mis textos (no demasiado, por otra parte) y presiento en ellos el caos, pero sólo en el preciso instante en que aparece la belleza. O viceversa. Simultaneidad y divergencias. Conjunciones. Diáspora. Ascensión y caída. Debacle. Catástrofe. El paraíso perdido de Milton. La Biblia. Dante. Juan Ramón Jiménez. La inteligencia imposible del nombre exacto de las cosas. Los otros tres o cuatro poetas que cito en el libro. La realidad que podemos soportar y la que no, porque nos supera y nos vence. Nos convierte en otros, nos pervierte (versiones/perversiones) pero, también, alienta nuestra vigilia y temblor. Al menos, hasta que nos aniquila.

 Con todo, observemos el paisaje, aunque la tela apenas sí se sostenga y las termitas hayan destruido su solemne marco de madera o de tiempo. Ahora ya de cenizas o de infinitesimales astillas de un espejo. La vida discurre, en apariencia, sin pausas ni demoras, pero no es así. Yo me detengo. Abandono. Me ausento. Desconecto. Me tomo un respiro y desaparezco. O eso digo y hasta lo creo cierto, mientras lo digo. Pero los velos del lenguaje -verticales, oblicuos, quizá intemporales- no cesan -incluso en mi provisional ausencia- de danzar como mecidos por una extraña música: los timbales de la sangre. O por un misterio. La persistencia de la biografía en la memoria.

 Presiento el caos y aparece la belleza, dije. O vine a decir. Y, como si llegado de otro lugar y otro tiempo, un escalofrío recorre mis palabras -las palabras de mi cuerpo- y, entonces, miro y veo y no veo, pero sé que ahí están, estuvieron y seguirán estando, inseparables, indiscernibles, la belleza (siempre lujuriosa y hasta siniestra) y el caos (siempre siniestro y hasta lujurioso).

 En el Árbol de Teneré sucede algo así. Un árbol solitario, y en mitad del desierto, destruido por un improbable accidente automovilístico o por el hambre infinita de las termitas… El conflicto -que nos conduce a una acacia de metal- entre la naturaleza y la civilización. Entre la singularidad que uno es y la otredad, que también. Hay una colisión en alguna parte o, quizá, en todas. Una colisión múltiple y universal. Ese el punto de partida donde, tarde o tempano, acabaremos descubriendo que el protagonista, que da título al libro, es en realidad un ser ausente. Un artefacto de madera o metal, una metáfora oculta -no sé si viva o si muerta- sobre la que, sin embargo, gira o serpentea el poema. Un poema de unos mil versos encadenados que, a veces, se contrae y expele, entonces, alguno de los doce sonetos posteriores de El arpa de arcilla. Los árboles, la tierra, la música, la madera, el metal, el cuerpo y las termitas.

 La historia que se cuenta es un cúmulo de recuerdos y otro de premoniciones. Un cruce de caminos ficticios -porque ninguno llegará nunca a completarse- donde sigue habiendo, cómo no, unos velos y una danza intermitente, unos pliegues verticales, oblicuos, quizá intemporales y, en su interior, el caos. En esa sucesión de imágenes me reconozco, aunque sólo sea de vez en cuando. Reconozco -sin pretender recuperarlo- mi cuerpo de palabras construyéndose y deshaciéndose. Reconozco lo familiar y lo ajeno, lo tranquilo y lo turbulento, lo existencial y lo anecdótico, el ruido y la música original de unos versos con los que enfermé, al escribirlos, porque recordé haberme criado según su misma cadencia, ahora ya -al fin- la de mi pensamiento o mi memoria, y hasta seguir, en ocasiones, viviendo o reviviendo en ellos; al menos cuando soy quien soy y no quien pude -o no pude, porque no quise- haber sido. Estos versos son, aquí y ahora, escurridizo lugar, mi mejor refugio pero lo serán, también, cuando ya no los necesite.

 Pero no voy a ordenar ni a descubrir mucho más mis pensamientos. Tampoco mis textos. Viajo rápido, abro la ventanilla y me veo solo en una estación inmóvil. Me saludo y hasta me sonrío, pero sigo mi viaje y sigo esperando ese tren que no llega y en el que viajo. Sigo viajando y saludándome y despidiéndome de mí mismo hasta que vuelvo a mis textos.

 El orden está en ellos sin que yo necesite reconocerles estructura alguna. ¡Y son sólo estructura, como lo es el árbol de Teneré -ahora en un museo desconocido- y lo somos yo y yo mismo en este lugar inmóvil y en este viaje de vértigo!

 Me queda, eso sí, acabar como empecé y regresar a la biografía esencial y a la percepción de la belleza, que es un no estar, propiamente, sino como un brevísimo suspiro, un pálpito de deseo y placer revolcándose furiosamente ladera abajo de los bosques hasta la orilla de la arena y la espuma del mar muerto. Me alcanza su agua rizada y sé que, muy pronto, me vencerá el sueño.

 

Contagio, o cómo narrar una catástrofe con la frialdad y precisión de un cirujano. Realmente digna.

Entre libros

09/04/2011

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No recuerdo dónde encontré esta foto, pero me parece, ciertamente, muy elocuente.

En la sección Uni-versos. Ha sido, realmente, una muy agradable sorpresa. Muchísimas gracias a Amalia Iglesias, vaya que sí.