Voy desapareciendo poco a poco. Lo sé,
aunque intente ignorarlo. Ordeno mis papeles
y un rumor decreciente me indica que el tiempo
va cerrando sus círculos y agotando mis oraciones.

Sin embargo, también sé que el tiempo no cierra
ni agota nada.
                       Sólo hace que ir pasando páginas
en busca de la hoja en blanco
donde estampar el último sello y ni una palabra de más.

Pero estas manos moldearon el barro húmedo y construyeron

templos y estatuas, áticos entre las nubes y buhardillas

desde las que entrever el mundo sin ser visto. El viejo Juan 

me mira, mientras el joven Juan corretea y yo los observo 

a ambos y los sé iguales y el mismo, la misma sombra 

oblicua que se busca sin hallarse y se pierde en sí misma; 

y así se culmina. Como aquel chopo de luz de Juan

Ramón Jiménez, en Madrid, contra el aire turquesa del otoño.

Es paradójico sentirse feliz
en plena hecatombe de los sentidos
(por no hablar del espíritu, leve y atroz, ensimismado)
pese al temor confuso de andar entre los muertos,
sin acabar de ser uno de ellos. No ser uno de nadie
ni de uno mismo. No ser sino el sabor amortiguado
de las palabras bajo el arco tenso de los labios
.

polacra

De esta goleta trato en la página 31 de mi poemario El árbol de Teneré (Editorial Calima, 2012)

Habría de volver sobre estos poemas. Los escribí mientras conducía desde Palma a Inca. (Verídico). Pertenecen a mi libro Pasión Impresa (Barcelona, 1985).

http://www.portaldepoesia.com/Biblioteca/Juan_Planas_Bennasar_Bajoelsignodeleclipse.htm

Han construido una catedral en el centro del cementerio.
No una elegía de cúpulas. No un órgano de agujas
en las venas del légamo. No un torreón de incienso
en un bancal de niebla o en una necrópolis marina.

Han construido un templo en el lecho reseco del río
y hasta allí acuden las barcazas con sus velas de luto
y sus rosarios de madera. Han levantado un monumento
y unos parterres rodeados de flores y alcancías.

Parece que la muchedumbre espera un milagro,
una levitación, un prodigio cualquiera,
un instante de paz o un sarpullido de asombro.

No sé si entrar arrodillado o si hacerlo descalzo.
Temo que al besar tus labios de mármol
se deshaga el hechizo y la multitud nos apedree.

Avivamiento

08/10/2014

 

Esta es la hora de mirarse a los ojos y de atender a la complicidad absurda del discurso o del deseo. De iluminar el perfil oblicuo del rostro y caer al suelo, de inmediato. De arrastrarse hasta donde la ceniza revolotea y crepita. De prender, entonces, fuego a todo: afuera y adentro. Al hogar y al paisaje, a la conciencia y a sus zonas de sombra; y que el cuerpo y el alma rindan, finalmente, sus oraciones conjuntas, los últimos efluvios simultáneos de su ser en el tiempo.