Me ha costado encontrar la llave y embocar la cerradura y abrir, de nuevo, la puerta. Para que entre la brisa y le desgaste las costuras a  esta estancia.

Que el vacío, entonces, sienta sus contornos, su volumen. Y su peso.

Apuntes 10

 

 

Juan Planas Bennásar

 

 

 

No habrá de ser esta la hora definitiva en la que, como un bárbaro iluminado y hambriento, salgas a la ciudad y hundas tus manos en sus arterias de barro buscando el polvo áspero y alimenticio de la verdad o la locura.

 

[Ahora ya puedo destrozar esta frase

y luego el mundo que la envuelve

y el que lleva escondido muy adentro

donde la piel tirita y se desgarra,

se hace sangre y amatista, biología

del aire, del espíritu y el silencio]

 

Aquí el hallazgo se reduce a una impostura, al anhelo de un diseño que parezca ajustar las coordenadas de todos los círculos y sus vacíos interiores, a la búsqueda de una solución única para todos los enigmas, al hallazgo de una síntesis que reduzca las tensiones y rebaje el nivel del pensamiento y su grado de agonía: de complejo a simple, de abierto a resguardado, de espiral en movimiento a acción cumplida, presa inerte, lógica abatida tras la breve exhibición del pábilo; primero, en algún lugar sin nombre de la memoria y luego en el desierto, en su lento tiempo de plomo, del olvido.

 

 

 

Apuntes 9

 

 

No esperamos gran cosa. Sólo ser capaces de dibujar una gruesa línea de luz y, en su diseño inacabado, incluir las huellas remotas de una colonia muy numerosa de partículas suspendidas en el aire; su dibujo, una especie de sarpullido, una nebulosa elíptica e iridiscente con el impreciso color de la materia en construcción, ese enigma que se reproduce y se degrada con tanta rapidez e inercia como caos y sigilo; acaso los detalles ígneos, la elegancia fatal de un proceso autónomo de reproducción asistida.

 

Su única tarea -y la nuestra- habrá de ser el tránsito a través de un puente tendido entre dos agujeros negros, ilocalizables, espectrales e innombrables sobre los que no parece existir ningún nexo de conciencia más o menos sensorial ni, tampoco, forma alguna, discernible, de percepción. La ignorancia del origen es también la del destino.

 

Todo se resume -¿de verdad?- en un cónclave disperso sin sentido lógico ni conclusión crítica posible. Aquí la relatividad no existe o no se manifiesta como tal. Para celebrarlo nos queda el destierro cáustico del silencio o la complicidad científica de la fe en la prueba y la reiteración. La hermética indeterminación del error. También podemos -sin que la posibilidad constituya prueba de libre albedrío- sumarnos enloquecidos a los cánticos que, desde la dialéctica, el temor y las letanías, parecen dirigir unos pocos elegidos, señalados con la toga y la túnica púrpuras del extravío, inconfundibles sus manos infantiles y el poder carnal de su mirada aturdida.

 

Pero aún así, el mundo no se resigna -no, al menos, del todo- y aguarda como esperando un nombre, una síntesis, un diagnóstico, un sedante, un artificio cualquiera, un bálsamo contra la expectación o el dolor, la escrupulosa angustia del que se espera a sí mismo sin ser capaz de reconocerse, no importa cuándo ni dónde [sabemos que puede no valernos ni tan siquiera este instante, este instante de ahora que deja atrás un aire familiar y amargo, una nostalgia, una náusea o un fragmento agudo de placer memorable] pero ello, a estas alturas, tampoco importa. Nada importa.

 

El lugar definitivo sólo podrá ser irreal e imaginario: el lugar en el tiempo otro de la gramática y los alambiques de cristal y sílabas, los cirros pasajeros, las entrañas proféticas de un pez de barro moribundo y trémulo, sus soplos pausados de aliento y fatiga, las humaredas de vaho y polvo de niebla en la piel rota de la tierra -el delta virtual de las llanuras, las arboledas y los valles, el bíblico triángulo de la percepción invadido por el frío vociferante- tras las primeras luces y las primeras palabras.

 

Pero ahora, en los canales subterráneos donde auscultamos los pasos fúnebres del metal, el tiempo y la muerte, una antigua explosión nos destroza, otra vez, los tímpanos y es, ahora, de nuevo, cuando la creación sustituye al silencio y recomenzamos. No esperamos gran cosa. Etcétera.

 

Apuntes 8

 

 

Estoy en la ciudad. Aquí los portales encierran patios donde desembocan angostos laberintos con encrucijadas repletas de inscripciones ilegibles: quizá sean el plano perdido de la memoria o algo mucho más sencillo, las coordenadas del pozo de agua oscura y cristalina donde yacen, acuñados bajo tres capas de noche y en su lengua original, los nombres.

 

Mientras tanto, las arterias exteriores vuelcan su savia por las alcantarillas como si fueran árboles desangrándose y una membrana finísima -de aspecto frágil y flexible y muy próximo a la locura- nos une a las palabras como a las cosas.

 

Lo sé. Deambulamos sobre los andamios con la pesada obsesión del equilibrio, del equilibrio pese a todo, el lastre con vistas del vértigo, la falta de mejores perspectivas que las del vacío, la ensoñación previa al abatimiento, la dilatación del tiempo en la sien palpitante, el antiguo ardid de las paradojas, la lente gruesa que deforma las distancias y nos las devuelve vestidas con la polvareda densa de todos los espejismos, el lujo de nombrar el mundo -ahora con este nombre, después con otro- como si fuéramos, al menos en parte, reales y nuestra carga tuviera, no sólo peaje, sino también algún destino. Lo tiene o no lo tiene.

 

No es la hora, todavía, de las conclusiones. Soy sólo la sombra que siempre tiembla cuando la imaginas. Estoy donde llueve, afuera y adentro. En el andén donde principian y concluyen todos los viajes, en la estación central de un cementerio submarino donde unos buscan reposo y otros vigilia. Todos, sin embargo, sabemos de la extraña presencia de la tensión en los sueños y del rumor de un movimiento imperceptible -la realidad lenta de la creación- que nos convierte, uno a uno, en piedra de río, hielo de glaciar, raíz aérea y, finalmente, en nada.

 

 

Apuntes 7

 

 

A veces, el muelle de la acción salta de improviso, se expande y sus círculos metálicos, entonces, se convierten en elipses, en parábolas, en líneas abiertas hacia un punto indeterminado del espacio, del tiempo, de ese enjambre en el que creemos guardar sólo la memoria de las cosas y también se nos acumulan sus restos: el olvido gradual de los nombres, la progresiva indeterminación de sus significados.

 

Ahora el gesto nos mantiene confortablemente instalados. Todavía hay luz. Una mano deja su firma en el lienzo y esparce sus mínimas huellas dactilares como si el cuerpo fuera el lugar único de la pasión. Quizá lo sea, pero también lo es del desencuentro, del éxodo, de la sucesiva catástrofe en que nos convertimos cuando nos sabemos incapaces de soportar el absurdo y aburrido guión del que creíamos -podríamos jurarlo: lo hemos hecho muy a menudo- el mejor, el más valioso, de nuestros propios personajes.

 

Pero la identidad es una fábula escondida tras un telón que ahora sube y luego -también ahora- baja. Desconocemos quién maneja el mecanismo, quién acciona las palancas, quién se acuerda de nosotros cuando llega la noche y en mitad del sueño alguien nos arranca del universo y nos lleva muy lejos o muy cerca, a un lugar insonorizado y aséptico donde no somos más que un pálido brote de asfixia.

 

 

Apuntes 6

 

Aislados. La sensación de viaje sólo es sostenida por el recuerdo impreciso de las escalas puntuales. No existe el tiempo del tránsito. No existe la unidad capaz de medir la demora. El éxtasis, la idea brillante, la revelación presuntamente cegadora, el instante único e irrepetible… todas esas percepciones sobrevaloradas sólo existen “mientras acontecen” pero es un error preñado de lógica -aunque negado de filosofía- pretender eternizarlas como en un desfile sobre la lengua rosácea que, a modo de lujosa alfombra, tanto nos gusta extenderles. Se instalan, eso sí, en el lenguaje y, con más propiedad, en sus aposentos situados en algún lugar de la corteza cerebral pero luego se evaporan. No hay memoria física capaz de recrear su naturaleza de forma continuada ni de mantener, creíble, el efecto de su duración.

 

Pero no todo está perdido. Siempre nos queda enorgullecernos -viejos simios gramáticos: por qué no- del estruendoso fracaso que padecemos -es sólo una prueba, es sólo un intento, otro más, nos lo repetimos- cuando intentamos manipular los procesos, provocar su reaparición espontánea, retroceder o incluso avanzar en el tiempo -la ficción de su presunta línea continua nos apresará el cuello hasta la asfixia- y sentir así, como en un último homenaje a la neurosis del coleccionista de imágenes, lo que ya se extinguió dejándonos un hermoso espacio vacío, las ruinas de un cortocircuito, el lugar primero de la retórica y las metáforas que debiéramos, ahora, al fin, desterrar del todo: un revuelo de pavesas, un rastro de placer o dolor inaccesibles, un eco irregular, una pulsión erótica o quizá administrativa, una necesidad de nombres con que paliar la monótona caligrafía del destierro bajo el sol del desierto -no hay regreso al lugar de las alucinaciones porque ya no pertenece a este momento. ¡El desechable momento de la añoranza!

 

Este lógico resentimiento -la búsqueda de lo inalcanzable que, sin embargo, no siempre coincide con lo inaccesible- define con exactitud el lenguaje; bien porque engrasa sus resortes dándoles una apariencia irreal de funcionamiento, bien porque, como el mismo aceite que alivia pero también pudre el metálico engranaje de los relojes, de igual forma, acaba atorando los mecanismos del pensamiento hasta la parálisis. Es entonces cuando, tal vez aterrados, apelamos a un lenguaje que primero nos muestre su propia descomposición y en ella -a su través: el ardid de la identificación como último agarradero de la supervivencia- nuestras ruinas, su arquitectura mineral, su esqueleto de polvo y viento. Si pudiéramos auscultarlo percibiríamos nuestro aliento ácido y sabríamos del mito de la deconstrucción vuelto del revés. No hay nada que destruir. Todo está por hacer -y hacerse- desde el principio de los tiempos; es decir, desde este mismo instante -inquieto- de incertidumbre.

 

 

Apuntes 5

 

 

Estas palabras son símbolos de otras. Ambas ignoran cuáles son presencias y cuáles sólo sombras.

 

*

 

Hay un tiempo limitado. La metáfora de un principio y un final que se solapan en este instante de frío intermitente, de concepción de límites, de cuerpo temblando como la hoja vespertina de una rama próxima a desgajarse del árbol. Nacimiento y muerte. Y entre ambos, el tránsito. Otra metáfora.

 

La lenta secuencia de la catástrofe dura toda una vida y se resume en una sucesión de pliegues y tersuras, un acordeón de teclas descompuestas, quizá un único libro cerrado de golpe en busca de algún sordo rumor más allá de las palabras, entre su espuma. Páginas como acantilados. Ideas rompiendo -el origen de la música- contra la experiencia.

 

La conciencia frágil de esa estructura edifica el mundo a nuestra imagen y semejanza. Poca cosa. Su decrepitud familiar acaba otorgando sentido -en el interior alambicado de esa ficción dialéctica- a su inminente desplome físico. Lo sugiere o lo predice porque no hay escapatoria más digna que el fracaso. Respiremos ensimismados su último estallido, su ruina confirmada, su interior vacío, su nada completa y, ahora sí, absoluta.

 

*

 

El paisaje no puede ser más hermoso. Imposible desdeñar una inmensidad de líneas paralelas que parten hacia un encuentro lejano e improbable, allá en el infinito. Otra nada, otro cónclave indemostrable.

 

Apuntes 4

 

Sólo se me ocurre este epitafio:

 

Aquí los pies y luego el cuerpo entero

se hunden en la tierra. Este es el abismo.

Aquí la voluntad se refugia en estos versos

y estructura columnas, capiteles y ruinas.

 

*

Los dioses nos dejaron a oscuras. A los alucinados del trasmundo: éste. No cabe mayor ofensa.

 

-Pero podemos ser obstinados y pensar que no hicieron otra cosa que ser fieles a su propia naturaleza. La imitación curva el tiempo y nos devuelve al pensamiento único.

 

Su devenir está en entredicho. Si todo se repite, nada puede ser nuevo; pero si todo es único e irrepetible tampoco puede ser calificado de nuevo. La novedad se acaba en sí misma y se culmina. ¿En nosotros? Cuando la Historia busca una continuidad lógica se convierte en el anecdotario personal de cada uno. No es mal asunto. Así se escribe la historia de la Literatura, por ejemplo. La simplificación de la tribu nómada en el tiempo y en el espacio -con su trasiego de huídas y destierros, de naufragios y fundaciones- sigue pareciéndome una de las pocas ejemplificaciones de la verdad realmente didácticas, es decir, filosóficas.

 

 

*

 

-La pasión es un viaje hacia afuera.

 

 

Apuntes 3

 

 

La justicia ciega nos tasa en partes iguales. [Más allá de las parábolas, las hipérboles]

La madre postmoderna clamará contra Salomón pero se llevará, envuelta en lágrimas, su preciada parte y la enterrará, ceremoniosamente, en un sarcófago blanco como si el pensamiento -viscoso- hubiera de ser simétrico y la luz única anidase en lo más alto. Su mirada condescendiente podemos aceptarla como la variante de una caricia o el chasquido de un látigo, con idéntica resignación.
*

Ahora -el tiempo de lectura y el de acción nunca coinciden- me revuelvo entre las sábanas. El sueño inquieto presagia un amanecer tranquilo. Al alba, mis primeros pasos intentan desandar el camino de Swann, pero se entretienen en el prisma de Alejandría. Justine me habla de Durrell, mientras intento apartar de mí los circunloquios del Marqués de Sade. Su empeño en justificarse a cualquier precio me parece grotesco, pero tampoco estaría fuera de lugar el adjetivo conmovedor. Ciertas dosis de pureza pueden atraernos, en efecto -pero una sobredosis nos convertiría finalmente en otra cosa. Seres de ritual y máscara. ¿Seres literarios? ¿Místicos de la perversión?

Hay un sendero oculto y contrario que, desde siempre, recorre la literatura por nosotros. No he escrito «en lugar nuestro», sino «por nosotros». Nosotros lo recorremos sin protagonizarlo, mientras el lenguaje nos cubre con su manto. Lo que ocurre debajo, en ese río subterráneo, es lo que quisiéramos auscultar. Lo hacemos hasta el estallido de los tímpanos. O hasta que la explosión nos abre los sentidos y nos los devuelve. Son nuestros. ¿Podríamos ser más precisos? ¿Más locuaces? ¿Más palabras?

 

Podríamos -con Robbe-Grillet- cosificar el mudo, convertirlo en objeto de nuestro deseo y convenir, después, en que no hemos avanzado un ápice en su conocimiento. No ayuda recolectar calumbre para vengarnos del tiempo que lo engendra Tampoco la inercia de los acontecimientos, ni su dádiva: ese escarabajo que seremos esta misma mañana cuando tengamos el valor de levantarnos prevalece sobre el ejercicio gimnástico de la purificación por el método, el esquema analítico, la inútil síntesis.

 

Todo podría reducirse a aceptar el poema tal cual es, pero tampoco. Da-da-da, balbuceaba el niño mucho antes que los surrealistas creyeran en las voces fantasmales de ultratumba, en los eventos anteriores al génesis. Artaud acabó elogiando la locura, mitificándola, porque no podía escapar de ella. ¿No hay salida o no la vemos? ¿Qué haríamos si encontrásemos sus puertas abiertas?

 

 

Apuntes 2

 

El mito del eterno retorno es sólo una simple cuestión de fe. Un pensamiento utilitario que nace del improbable paralelismo -o de la presunta sincronización- entre los objetos y sus nombres, entre su función nominal y su efectivo desempeño. Lo extraño, sin embargo, es que la huella borgiana de las habilidades violentas en el cuchillo abandonado a su suerte, sólo se transmite en clave poética. Cojo su pluma y escribo El Aleph. Horrorizado, constato que la nemotécnica es tan execrable como la grafomanía.

 

 

*

 

La palabra escrita siempre deja huella; es su manera de tender un puente entre las ideas propias y las ajenas. ¿Propias? ¿Ajenas? Empecemos desmitificando la propiedad de las ideas. No hay forma sin contenido ni viceversa. La misma cosa no puede dividirse y seguir siendo la misma. Ni la misma y otra. ¿Ambas a la vez? Por supuesto, pero fuera del conocimiento.

 

El problema es que tenemos restringidos algunos espacios que podrían convertirse en magníficos lugares comunes -de encuentro, pero también de dispersión y crecimiento- y sin embargo, sucede lo contrario. Utilizamos esos templos íntimos, con sus dogmas estremecidos y sus dioses diminutos como si fueran fortines, claustros sagrados, atalayas intocables. Igual lo son. Ahí el aire fresco y la brisa no pueden entrar porque una vida edificada, aparentemente de forma estable, sobre unas cuantas mentiras sociales de cierto éxito no puede aceptar de buen grado -ni a regañadientes- venirse abajo, desintegrarse, tan solo -¡tan solo!- por el motivo revelado de que sus cimientos sean, al fin, en vez de sólidos cimientos de tierra firme, anecdóticas arenas movedizas o pestilentes barrizales de heces en plena combustión orgánica. ¿Cómo sobrevivir sin los antiguos errores de concepto, sin su multiplicación e inercia gratificantes? ¡Todo podría desplomarse en un solo instante de comunicación y entendimiento, de ego abolido, de transgresión absoluta! Ello resultaría insoportable, ciertamente. Pero no ha lugar. El miedo al vacío es, a veces, tan poderoso como solemne y extravagante la concepción excluyente del ego, esa superprotección desmesurada. Infantil.

 

 

Apuntes 1

 

 

1

 

Fascinados por el cuerpo -por algunas partes del cuerpo- nos miramos los unos a los otros con una mezcla desequilibrada de curiosidad y recelo -curiosidad por la parte, recelo del todo. [La literatura emula el diálogo de la realidad. El monólogo interior carece de contenido doctrinal, de márgenes dogmáticos; no pretende la construcción de ningún sistema más o menos lógico -pero cuando lo consigue, no intenta ocultar su condición explícita de holograma.]

 

2

 

Navegación en cabotaje. Prefiero hablar desde esa precaución que abandonarme a la posibilidad persistente de un viaje a la deriva. Aún así, el lenguaje busca muelles donde descargar su sustancia. Es posible entrever una dirección sostenida y consistente entre los abordajes pasajeros y casi siempre violentos de la razón. Sus impulsos -destructivos o constructivos- nos lanzan esporádicamente contra los arrecifes más inmediatos para recordarnos que, en algún lugar del camino, nos esperan los últimos rompientes, los que habrán de concluir el viaje con una metáfora de naufragio inevitable, con nuestros víveres y tesoros más preciados hundidos de manera plúmbea en el enigma. Ese lugar subterráneo del que, de vez en cuando, tenemos noticias por el cíclico movimiento de las mareas sobre las arenas húmedas y revueltas es el origen y el final del conocimiento.

[A veces recuperamos algunas monedas, algunos cequíes recubiertos de óxido, algunas viejas astillas de madera podrida con un nombre grabado. El nombre nos es devuelto; no así su significado.]

 

 

 

 

 

La fatiga en dos actos o recordando a Robbe-Grillet

 

1

 

Sobre la mesa, talladas las aristas de un mástil abatido, hay en primer término un antiguo tintero vacío de cristal muy grueso, luego unas cajetillas de cartón reciclable, unos papeles arrugados repletos, aparentemente, de apuntes caligráficos y también, al fondo y casi oculto en la desembocadura de todas las sombras, algo indefinido -quizá un ascua o un sarpullido cárdeno- que brilla medio sepultado por la ceniza. También mis codos soportando dos triángulos similares: los brazos apoyados, abiertos como un abanico imaginario de treinta grados; en un extremo la madera horizontal a modo de tangente, de obsesión por el perfil delimitador de los objetos, y en el otro, mi frente, sus arrugas de arena, su plano algo oblicuo pero muy próximo a la pantalla. Si cierro los ojos el dibujo se disuelve como en un inventario de objetos que nunca conseguiré enumerar ni poner en orden. Si los abro, la composición podría pasar por el boceto alquímico de algún puente colgante. Pero sólo si desecho el equilibrio arquitectónico de la maqueta, rompo los ángulos y pierdo todo punto de apoyo consigo alcanzar el teclado con las yemas de los dedos y garabatear estas líneas en el telar de la ideas.

 

O palpar su origen. Hasta que en el aire la gravedad me vence.

 

2

 

Después de noventa noches sin conciliar el sueño en el lecho -esa referencia es sólo matemática y, en este contexto, la fatiga no precisa de ninguna aclaración empírica- la única geometría reconocible es la del vigía enloquecido, los ojos como atabales, la mirada un glaciar, el cuerpo descompuesto, la piel huérfana de músculos, el tacto ausente, la sangre paralizada y al fondo -que aquí es un lugar interior ajeno al sentido del espectáculo- cierto simulacro de idea, similar a un ovillo, imitando, bien por inercia o ya por desistimiento o absoluta rendición, a la realidad en su conocida posición fetal de nacimiento o muerte.

 

Esta disyuntiva es sólo un punto insignificante en el croquis del tránsito, una anecdótica confluencia angular donde la voluntad y el deseo simulan seguir sendas paralelas -como las estrategias de la ascensión frente al instante de éxtasis en la cumbre- tan sólo para abolirse mutuamente. Sus distintas coordenadas no señalan un único lugar en el espacio, sino varios situados alrededor en un eje incapaz de contenerlos. Más aún. No hay ni asomo de convergencia entre la “cosificación” del objeto y el “objetivismo” del narrador, que -a su vez y aunque lo niegue- es autor y personaje de la narración que lo narra. Cierta ambigüedad propia del lenguaje y cierto deterioro de la imagen original en la memoria completarían la escena si no prefiriésemos dejarla abierta a sucesivas imposturas. (Esa discusión la mantuve con Alain Robbe-Grillet en el Teatro Principal de Palma contra mis prisas juveniles, la poca paciencia del escritor y la torpeza infinita de una intérprete hermosísima.)

avance…

Marzo 2, 2009

A veces sueño frases absurdas. Quiero pensar que son fragmentos

de otras que dije o igual no, pero debí decirlas. A veces callamos

porque no nos da tiempo a separar unas imágenes de otras

y todas a la vez nos abruman y confunden. No es fácil

separar las raíces subterráneas de las magnolias, por ejemplo,

del temblor ante unas manos abiertas. Mi hermano huye

de los médicos porque la enfermedad le espanta. Yo, a diario,

visito todas las consultas de la ciudad por idéntico motivo. El miedo

tiene efectos inverosímiles. ¡Qué miedo el azul del cielo! ¡Negro!

decía Juan Ramón mientras buscaba una mansión con vistas

a todos los hospitales del universo. Yo tengo miedo ahora

a esas frases absurdas que sueño, miedo si las dije o miedo

si las dejé enterradas en el silencio y ahora despiertan

y me agarran, nocturnas, para exigirme su presencia entre las ubres

agonizantes de estas páginas. Yo tengo miedo ahora

a ese sin decir que acumulamos porque no sabemos cuánto

de inacabado nos pertenece y cuánto, en realidad, nos sobra.

La precisión es siempre una verdad a medias, una fractura

de los sentidos, una brecha que presentimos irreparable

cuando una simple gota de sangre nos recorre la espalda

y ni siquiera recordamos el lugar exacto, el origen de la herida.

apuntes 10

Noviembre 7, 2008

No habrá de ser esta la hora definitiva en la que, como un bárbaro iluminado y hambriento, salgas a la ciudad y hundas tus manos en sus arterias de barro buscando el polvo áspero y alimenticio de la verdad o la locura.

 

[Ahora ya puedo destrozar esta frase

y luego el mundo que la envuelve

y el que lleva escondido muy adentro

donde la piel tirita y se desgarra,

se hace sangre y amatista, biología

del aire, del espíritu y el silencio]

 

Aquí el hallazgo se reduce a una impostura, al anhelo de un diseño que parezca ajustar las coordenadas de todos los círculos y sus vacíos interiores, a la búsqueda de una solución única para todos los enigmas, al hallazgo de una síntesis que reduzca las tensiones y rebaje el nivel del pensamiento y su grado de agonía: de complejo a simple, de abierto a resguardado, de espiral en movimiento a acción cumplida, presa inerte, lógica abatida tras la breve exhibición del pábilo; primero, en algún lugar sin nombre de la memoria y luego en el desierto, en su lento tiempo de plomo, del olvido.

 

 

 

 

 

 

“Te ruego que penetres en tu vida,

te lo suplico, aprende a decir Yo

cuando yo te pregunto;

porque tú no eres parte sino todo,

no porción sino un ser”.

Ezra Pound

 

 

Miro alrededor para cerciorarme de que existo. Una forma ajena se adhiere a mis contornos y me obliga a distinguir entre adentro y afuera. Intento diluirme en ese laberinto. En ese lenguaje. Y sólo hago acto de presencia para desandar los senderos que me condujeron al extravío, sin permitirme llegar a buen puerto.

 Veo un sol crepuscular y una línea dibujada donde se extingue el universo. Distingo un arco iris embrujado sobre un mar de aguas turbias y una sospecha de amargura que se balancea en ese lugar tan alejado donde convergen las miradas. Algo infinito reducido a un solo punto. Y el recuerdo de una explosión antigua en el tiempo recorre mi piel como un escalofrío del que ignoro el origen.

 Tengo por ciertas no pocas dudas.

 Repetiré esta última frase hasta que deje de tener sentido. Multiplicaré mi imagen hasta convertirme en el más ínfimo reflejo de mí mismo, allá en la profundidad inalcanzable del último espejo.

 Lego esa asombrosa letanía martirizante a quien pueda y quiera perseverar en ella, y reconozco en mi mirada un leve temblor de envidia. Sólo acumulo interrogantes y una sonrisa cómplice, quizá algo triste, que nunca me abandona. Miro alrededor para cerciorarme de que existo.

 

 

ARTE POÉTICA

 

 

«There is a time for the evening under starlight,

A time for the evening under lamplight»

T. S. Eliot

 

 

 

 El silencio tensa la frágil superficie del papel igual que la resbaladiza superficie de la piel o las cosas. Resuena el vagido inicial y repite la tensión – ese preludio necesario al movimiento.

 Pero no hay tragedia, sólo conciencia deshilachada y volátil, de apariencia ingrávida y vocación fugitiva o pródiga. Ella es la que nunca nos abandona por completo; la que regresa y nos usurpa; la que mide los desequilibrios y los hace poéticamente habitables como un destierro; la que emprende, por nosotros, el largo viaje por los laberintos de las mansiones interiores, repletas de bóvedas, invernaderos de muchedumbre y asfixia, pasadizos ocultos y ventanales anegados. ¿Es este el momento de hablar de los dolos del lenguaje?  ¿De las sílabas líquidas del azufre? ¿De los coágulos, como telas de araña, del metal en ignición?

 La geometría de las transparencias nos puede apaciguar el ánimo, es cierto; y de hecho nos permite atender a la vigilia atenta de la realidad y sus cambios como si alguien pudiera ocupar exactamente nuestro lugar y eliminar la cenestesia de sabernos otros – ese alguien que no llega, que no puede ni debe llegar, esa demora definitiva es la que otorga sentido a nuestras expectativas. ¿Esperamos?

 Así es. Esperamos, porque esa es la principal función del lenguaje.

 Aplazar, concedernos una penúltima prórroga y recluirnos en la antesala del conocimiento -ese misterio diferido- como de este epílogo a modo de sala de espera o destino final del poema – y ya en sus alrededores obligarnos a reconocer que si hemos traspasado el umbral lo hicimos sin ni siquiera asistir a los pormenores del tránsito.

 Por eso nos asombrarnos con la extraña persistencia en las retinas de una luz que ya dejamos atrás, pero que seguimos intuyendo a nuestras espaldas y que ahora, adentrados con paso vacilante y perplejo en los primeros peldaños del claroscuro, nos revela cuanto somos. Quizá hologramas en busca de refugio y consistencia física. Puentes tendidos hacia un inexistente cónclave. Tal vez el resultado impreciso de una agónica y tumultuosa experiencia mística.

 Nos queda el pudor de reconocer nuestras deudas y saber que el duelo no tiene otra finalidad que la propia existencia. Que no hay olvido ni puede haberlo; sólo fisuras en la memoria y en las celosías de los calendarios, huellas en el hielo y en la arena, con la imagen de la piedra al fondo, fuga necesaria de espectros que se nos aparecen como voluntarias metáforas, sin serlo.

 [ Emir, Edith, Nicolás y Elizabeth ya no importan; cumplieron con su papel en la trama y fueron olvidados.  Ahora sus nombres son sólo silencio ]

 Nos queda el rescoldo de una sonrisa y algo mucho más significativo, su paradoja.

 La mansión sigue estando vacía, el señor ausente y las luciérnagas nos rodean.

 Será porque nos son imprescindibles, tal vez, para vaciar por completo la conciencia, para reconciliarnos con el universo y ordenar, en silencio, las palabras  - y así, en esos instantes de rol suspendido, contemplar al fin la existencia como lo que es: un oxímoron.

  

 Juan Planas Bennásar

en Palma de Mallorca,

mayo 2006


 

 

Ahora la parálisis. No queda señal alguna
del pasado en el rostro, sólo la tez amarillenta,
el cabello raído, las uñas huérfanas, el olor
próximo de la muerte y lejano de la biografía.

Todo tiene su nombre. Postración. Inercia.
Decrepitud. Vejez, acaso. Pero todo va perdiendo
sentido y los sentidos corren lejos, se esconden
como niños traviesos entre los cortinajes de la amnesia
y el aire a pergamino de la habitación cerrada.

Se balancea el mundo o es la bombilla la que gira
por entre las migajas de pan abandonadas
sobre la mesa. Hay tiempo de estrechar la invisible
mano tendida, de besar la frente, de reponer
la larga hilera de recuerdos en la alacena.

Ahora el movimiento. Observar el temblor
de la pared al retirar los cuadros, los muebles,
el juego inmaculado de las sábanas, los baúles,
la escalera de bronce y las jaulas de aluminio.

Queda en el suelo el polvo centelleante, la bruma
apretada, la cal y la música. Queda el espacio
expuesto y vacilante, ansioso de huellas y golpes,
conforme, finalmente, con su destino de tránsito.

 

(De El Bálsamo de la Indiferencia)

***********

Metáfora

 
He olvidado. Confieso que he olvidado
la forma exacta de tus pechos, el perfil
de tu sonrisa y hasta los nombres
que nos decíamos cuando el juego de amarse
no tenía más reglas que las menstruales
y una sonrisa roja y cálida
como un asombro, una cúspide o un pliegue
en la rugosidad del tacto
nos mantenía en vilo, sin agobios.

Por eso ahora,
en estos días agridulces
que intento sin fortuna vivir rápido
con la vertiginosa sombra de la duda
doblándome la espalda en las esquinas,
redibujo tu cuerpo en otros cuerpos
y escucho las palabras que les digo
por si alguna sonrisa te delata.

 

(de Fuera del Tiempo, La Bolsa de Pipas, 2004)

 

 

 

La abolición de la literatura como simple pretexto estético y la recuperación del momento poético como único engarce posible entre las distintas circunstancias de la vida humana, contemplada como epopeya del hombre a través de los tiempos, son las piedras angulares que sostienen Los Cantares (*) de Ezra Pound. Este larguísimo poema conduce a la poesía, tal vez como Cervantes o Joyce con respecto a la novela, a un esplendente callejón sin salida: áureo conglomerado, diorama que reduce con lujuria las artificiales divergencias entre verso y prosa, devolviendo al lenguaje su eufónica libertad, su aliento siempre en brega con el mundo, su pureza y razón de ser originales.

Pero no es fácil deslindar la obra de la azarosa y mítica vida de su autor. Nacido en 1885 en Haley, Idaho, Estados Unidos, Ezra Pound convierte su vida en un continuo navegar contra corriente, que le llevará, hacia 1943, a ser inculpado de alta traición por colaborar con el fascismo italiano y a ser declarado oficialmente loco, a mayor vergüenza y escarnio de su propia patria – qué lujo desperdiciar tanta lucidez – para, tras ser encerrado en un hospital psiquiátrico y ser posteriormente exculpado, tarde, demasiado tarde, como siempre suele suceder en estos casos, ir a morir en el exilio, en Venecia, en 1972. Pero su vida fue, asimismo, un perenne impulsar las vanguardias artísticas del momento: en 1912 funda conjuntamente con T. E. Hulme las bases del Imagismo que aglutinó, en su corta vida, a poetas de la talla de Amy Lowell, D. H. Lawrence, John Gould Fletcher o Williams Carlos Williams entre otros; y posteriormente crear el Vorticismo con el escultor Henry Gaudier-Brzeska – voluntad y conciencia son nuestro vórtice, decía su manifiesto – sin olvidar, por supuesto, la ayuda que brindó a T. S. Eliot y, en general, a todos los artistas de su época para los que fue mecenas, amigo, y a qué negarlo, desinteresado maestro.

En este punto podemos enfrentarnos y extendernos un poco sobre Los Cantares y su temática. El libro es una auténtica antología y compendio del saber poético y universal del ser humano. Fieles a la máxima poundiana de no repetir en lengua vernácula lo que ya fuera expuesto anteriormente en otras lenguas y culturas, Los Cantares amalgaman, a modo de constelación, toda clase de signos verticales y hasta visuales: griegos, latinos, chino mandarín, alemán, español, italiano….. El mismo Pound en su Cantar 96 nos explica su postura con respecto a las numerosas críticas de ilegibilidad que a su obra le fueron y, posiblemente, le serán hechas. Dice así:

“Si nunca escribiéramos sino lo que ya se ha comprendido, el campo de la comprensión nunca se ampliaría. Uno exige el derecho, una y otra vez, de escribir para unas cuantas gentes con intereses especiales y cuya curiosidad penetra en mayor detalle”. Más claridad y rotundidad de criterio, imposible.

En su contenido, la clave de Los Cantares reside en la tesis siguiente: sobre la faz de la Tierra sólo hay una tribu, la tribu del hombre. El hombre indiviso y así eterno, el hombre de Oriente que es el de Occidente, poco importa que se llame Hiuen-tsong, Malatesta, Adams, Bismark, Ruy Díaz de Vivar, Mozart, Gaudier, Cavalcanti o el anónimo Sr. Rothschild. La visión de Pound es, desde luego, historicista pero sin dejarse someter a cronologías que no comporten algún grado de mejora en el espíritu humano. Los destellos del saber han ido devolviendo aquí y allá, en este u otro instante, el ovillo de la historia, y sus gestas positivas unas, negativas las más, son las anécdotas, siempre significativas aunque desprovistas de todo rasgo mítico, que nos configuran y determinan.

Pound descarga todas sus iras contra La Usura – “Usura, commune sepulchrum”, escribe – que, según él, es la causa de todas las guerras y de todos los males que padece la sociedad desde sus orígenes. En esta tesis cabe encontrar las causas que motivaron su simpatía hacia Mussolini, quien le había prometido, en conversaciones privadas, eliminar la emisión fraudulenta de las instituciones bancarias, creando el llamado “certificado de trabajo” y acabar así con el comercio a base de la plusvalía ajena y los déficits estatales. Ojalá la cosa fuera tan fácil pero, desde luego, la intención no podía ser más loable.

Otro tema es la correcta definición de los términos: el Cheng o Ch’ing Ming. Pound recrea en varios pasajes a Confucio y propone la búsqueda de lo apolíneo: el equilibrio mental y emotivo debe ser el fin normativo de toda la conducta humana, equilibrio moral, ético y filosófico que sólo a través de la inteligencia y de la comprensión es alcanzable.

Asimismo, Pound propone la libertad como germen de todas las transformaciones o renovaciones que debe buscar el ser humano con vistas a su progresivo perfeccionamiento. La vida es una obra en marcha, como también adujeron Joyce o nuestro Juan Ramón Jiménez.

Y por último, los temas inevitables: la Belleza, el Amor y la Muerte. Rinde Pound homenaje a Guido Cavalcanti, amigo y condiscípulo de Dante, hurgando en el espíritu de la Belleza – la belleza es difícil, Yeats, dijo Aubrey Beardsley / cuando Yeats le preguntó por qué dibujaba horrores… -, del Amor y la Muerte, que en festín dionisíaco celebran el conocido Coro de los Linces, orgiástico tropel de las demonologías griegas… y americana.

Ya para finalizar, es obvio que la lectura de Los Cantares nos traslada, y el viaje es seductor, allí donde pensamiento y lenguaje realizan su alquímica fusión, revelando paradójicamente la imposibilidad de tal evento: el sinsentido, nebuloso reino, nos aguarda para confiarnos el misterio aniquilador de la vida, que sólo puede ser vivida más allá de los signos, comunión del individuo con la tribu, cópula del intelecto con la naturaleza que, cual mantis religiosa, acaba engulléndonos. La obra de Pound es ejemplo de ello, mayéutico desvelamiento de las potencialidades que en germen, a modo de larva, poseemos. Qué duda cabe.

 

 

(*) Los Cantares completos de Ezra Pound (I- CXX). Editorial Joaquín Mortiz, S. A. México. 1975. Con una introducción, anecdotario y traducción excelentes de José Vázquez Amaral.

 

Se trataba de presentar al autor -a mí, en este caso- en su faceta más doméstica y amena. Recuerdo que vino la fotógrafa a casa y que me sometió a una interminable letanía de posados. Al día siguiente, la sección -Página en blanco, se llamaba- desapareció del periódico al que iba destinado por motivos que no recuerdo haber descifrado nunca. Son cosas que pasan y quedan.

PREGUNTAS

*Armamento:

 

-Bolígrafo cuando no estoy en casa. Tomo muchos apuntes de campo en los márgenes de los periódicos o en simples servilletas de papel. Es una vieja costumbre. El trabajo definitivo lo hago, por supuesto, en el ordenador. Ya no sabría hacerlo a mano y es una lástima, pero cada vez me cuesta más descifrar mi extraña caligrafía.

 

*Santuario literario:

 

-En cualquier sitio. Atrapo las ideas dónde y cómo sea. No hay que desperdiciarlas. Con todo, los trabajos los concluyo siempre en casa, al abrigo familiar de mis cosas.

 

*Momento del día:

 

-Soy noctívago. Antes amanecía muy a menudo sobre el teclado. Ahora sigo escribiendo de noche, pero hacia las tres de la madrugada suelo dejarlo todo. Luego aprovecho las primeras horas del día, mientras tomo el zumo, el café y leo la prensa a través de internet, para aclarar las ideas nocturnas y darles la forma final.

 

*Modus operandi:

 

-Tanto en los artículos como en los libros escribo siempre dejándome llevar, incluso de manera compulsiva, del tirón. Luego copio, corto, pego, hago y deshago casi infinitamente. Las posibilidades de los procesadores de texto son inagotables y ayudan mucho a ordenar las ideas y filtrar, así, los textos.

 

*Manía/amuleto:

 

-Ninguno, salvo una dosis razonable de silencio y un montón de libros abiertos alrededor. Sobre todo, diccionarios y libros antiguos, voces familiares que aprecio, pero no sólo en papel sino también en formato digital. Leo, a menudo, en la pantalla líquida del monitor.

 

*Recomendación veraniega:  

 

-Más que en libros, pensaría en autores y me olvidaría del calor. Los adictos a la literatura catalana podemos leer a Cristóbal Serra. Sí, ya sé que escribe en castellano… Miel sobre hojuelas. Tampoco está nunca de más releer a Juan Ramón, a Eliot, a Pound, a algunos poetas del 98, del 27, del 56 o del lustro pasado. Las relecturas suelen arrojar resultados sorprendentes. También las joyas literarias que, por lo que fuere, se te escaparon en su momento y, sin embargo, todavía perviven. Por ejemplo, Mortal y Rosa, de Francisco Umbral. En realidad, lo único ilegible serían los terroríficos libros de autoayuda y los premiados, por inercia amical o administrativa, en los festivales literarios de puro marketing.

 

*Un buen título para un mal libro

 

-Los malos libros se olvidan rápido y poco importan, entonces, sus títulos. Por citar alguno, entre tantísimos, La Quinta Montaña, de Paulo Coelho. Un título típico, de tres palabras -normalmente artículo, sustantivo y algún que otro adjetivo sustantivado, donde prima el impacto o la ambigüedad- para una obra desdeñable. Lo mismo cabría decir de El Código Da Vinci y lindezas similares.

 

 

*Un mal título para un buen libro

 

-Normalmente a los buenos escritores no se les cuela ningún título que no esté, más o menos, a la altura de lo que escriben. Y además, si el libro es bueno, lo cierto es que hasta el título acaba sonándote bien. Por citar una excepción, me acuerdo ahora del siempre estimable, poco recordado y aún menos citado, Albert Cohen. Dos de sus mejores obras se adornan con títulos realmente pintorescos. Me refiero a Comeclavos (1938) y Bella del Señor (1968).

 

*Mi primer escrito:

 

-El aprendizaje es tan largo que se sabe cuándo empieza, pero no así en qué momento termina. En realidad, la búsqueda de conocimiento es un proceso sin fin. Recuerdo que, de niño, escribía canciones -seguramente ripios- en un pequeño cuadernillo de tapas rojas. Uno de esos de anillas metálicas, con hojas intercambiables y manchas de aceite por todos lados. Más tarde empecé varios libros, tanto en prosa poética como en verso, que me sirvieron para ir alejando mi voz del eco inevitable de las primeras lecturas serias, quizá Hölderlin, Ungaretti, Rilke, Cervantes, Hesse, Nietzsche, los presocráticos, algunas alucinadas interpretaciones occidentales de la filosofía oriental o incluso los clásicos españoles del Siglo de Oro, todavía entonces mal digeridos, como es lógico. Hay épocas en que la curiosidad crece exponencialmente y el mundo resulta ser un batiburrillo de lo más sugestivo e interesante. Deberíamos preservar esa predisposición, la insaciabilidad de ese instinto. No abandonarlo jamás. Más tarde, empecé a escribir artículos, en un suplemento de cultura, sobre Rimbaud, Artaud, Kafka, Camus, Robbe-Grillet o Huysmans, entre muchos otros. Sin embargo, y ahora retrocedo en el tiempo, mi primera publicación en prensa fue un curioso, vehemente y juvenil artículo sobre la liberación personal frente a las insuficiencias del materialismo dialéctico… Sin duda, eran los días gloriosos, ya tardíos aquí en España, del poder y las flores. Nada menos. Ha llovido mucho desde entonces pero sé que todavía ha de llover mucho más. Vale.

 

 

Sin Corsé

Octubre 27, 2008

 

 

 

 

“Métete en hielo y sal candente”

Cristóbal Serra

 

 

Hay enfermedades comunes que se resumen en unas pocas palabras: fiebre, dolor, ansiedad, compulsión. Suelen ser pasajeras o durar lo que una vida. Poca cosa. Pero hay otras dolencias que abarcan todo el lenguaje porque se sienten huérfanas de síntomas y los absorben como esponjas hambrientas. Son algo similar a un destierro. Escribir es sólo un síntoma más. Por eso, mientras unos hablan y no paran de postmodernidad – como si la línea del tiempo precisara de cánones para llegar no se sabe dónde -, otros simplemente escriben en silencio, en furioso silencio, cabría decir, en silencio demoledor y hambriento de signos secretos, pasadizos escondidos, y deslumbramientos, cabría también añadir, en el caso de Cristóbal Serra.

 

Empecé a visitarle en 1982. Le llevaba mis incipientes manuscritos y él los leía en mi presencia, despacio, con la voz clara y la sonrisa siempre dispuesta. Me apuntaba errores y aciertos con la misma naturalidad con la que nos olvidábamos de los papeles y nos poníamos a charlar sobre literatura, historia o política. Así suelen ser las cosas, mucho más sencillas de lo que aparentan cuando se las despluma del falso aura de la solemnidad o del deslumbrante espejismo de las apariencias o las modas.

 

Compartíamos autores aunque nuestras lecturas no tuvieran la misma intensidad. Tampoco podían tenerla. La Fontaine, Dante, Kafka, Henry Michaux, James Joyce o Ezra Pound, por citar unos pocos, aparecían y desaparecían de nuestros labios. Hablábamos de la “aliteratura” como si pretendiéramos el sabotaje turbulento de la realidad escrita, que es como la que palpamos día a día, pero sin el molesto corsé del maniqueísmo, las buenas costumbres, las medias verdades de la corrección política o, simplemente, el mezquino ir y venir de las vanidades.

 

Cristóbal Serra ha sido siempre ajeno a la literatura como mercadería. Sus libros se han ido sucediendo sin alborotos ni aspavientos, sin más páginas de las debidas y con la divisa de la continencia verbal por norma. A su lado, casi todos parecemos vulgares grafómanos, empeñados en emborronar papeles y más papeles como si la verdad de las cosas residiera en la cantidad y no en la calidad, en la forma y no en el fondo. Qué fácil es, entonces, caer en el error de imaginar asentamientos duraderos. Qué horrible, cuando desaparecen, sentirnos invadidos por la sensación antigua de la catástrofe. Es cierto que siempre podemos intentar apaciguar el terror con alguna matemática de diseño. Y eso hacemos: prometemos auscultarnos a fondo y decirnos lo que tantas veces nos dijimos sin encontrarle, normalmente, el más mínimo sentido.

 

Cristóbal Serra ha sido, desde siempre, un maestro en el noble arte de la vigilia y la auscultación del misterio. Ha sabido observar, tomar sus nótulas y mantenerse al margen de todo aquello que bien sabía que no iba con su naturaleza. Ahora le llega el laurel aunque, por supuesto, él se ha encargado de disfrazarlo de higuera. Menos mal. Le llega de la mano de alguien que le conoce, valora y sin duda le admira, Perfecto Cuadrado, pero también lo recibe de una institución que no ha dudado en ningunearlo desde hace tiempo. Pero qué importa eso.

 

Han pasado veintidós años. Recuerdo sus pudorosos consejos sobre literatura y, muy especialmente, sobre los diarios, un tema que siempre me apasionó. Su Diario de Signos debiera ser una lectura de inexcusable cumplimiento universitario. Podría extenderme mucho más, pero los viajes a lomos de un asno son necesariamente muy breves. El espacio, aquí, es mucho más limitado que el tiempo… O no, porque ahora Internet nos permite escribir cuantos diarios, más o menos íntimos, nos apetezca, en los cuales, aparentemente, lo limitado es el tiempo y no el espacio. Suerte que los pensamientos de Cristóbal Serra, su bondad natural y su perseverancia en escrutar el enigma, siguen estando más allá de la broma geométrica y los malabarismos dialécticos del encorsetado universo en que nos ha tocado vivir. Por muchos años, espero.

 

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No me gustaría hablar de la literatura mallorquina, ni de ninguna otra, con el resquemor en el cuerpo de tener que acabar resumiéndola, parafraseando a Ciorán, con un “no haber hecho nunca nada y morir sin embargo extenuados”… No es el caso. La historia de la literatura mallorquina tiene en Ramón Llull y Cristóbal Serra dos personajes únicos sin los que resultaría muy ingrato trazar esos arabescos que el conocimiento siempre deja en el espíritu humano. Su presencia nos ofrece el necesario bagaje de tradición y suficientes perspectivas como para sentirnos realmente arropados.

 

Si Ramón encarna al hombre del medioevo en su lucha por lograr la alquímica presencia de la luz y la poesía, la transmisión del misterio y el quimérico descubrimiento de la llamada “quinta esencia” luliana, ese éter indecible; Cristóbal se dedica a exorcizar, también desde la soledad y la atenta vigilia de la quimera, la realidad mística de un mundo que tiene en lo más pequeño, en lo más breve y fragmentado su más íntima razón de ser. La obra de ambos se resume en la búsqueda de nomenclaturas que plasman la discontinuidad de sus estados anímicos y convierten sus palabras – que aun siendo únicas pertenecen al lenguaje común – en milagrosos lugares de encuentro donde nace otro reto: intentar reconocerse. Algo tan simple como complejo.

 

Desde Péndulo y otros papeles (1957) hasta su culturalmente autobiográfico Las Líneas de mi vida (2000), Cristóbal Serra (Palma,1922) no ha hecho otra cosa que empeñarse, con tozudez y parsimonia dignas de un asno – su animal literario preferido – en ser fiel a sí mismo. No es poca cosa. Por ello tampoco nos extraña que publicase en 1996 una primera entrega de su obra completa con el título obviamente luliano de Ars Quimérica (Ed. Bitzoc)

 

Pero dónde situaríamos a Cristóbal Serra en una hipotética y medianamente aforística historia de la literatura. No es fácil. Intentémoslo. Hubo escritores orgullosos como Baltasar Gracián, Quevedo, Blake, Joyce, Pound o Kafka que no siempre transigieron con el lector: no quisieron ser legibles a toda costa. Otros, como los simbolistas franceses, primero, y los surrealistas, después, intentaron atrapar el sinsentido del lenguaje con una fórmula al alcance de todos. Tarea imposible, porque ni la sicología freudiana ni el materialismo dialéctico dieron nunca para tanto.

 

Proust nunca supo cuál era realmente su siglo. Sthendal, sí. Camus consiguió ser sublime sin ni siquiera parecerlo. Shakespeare prefirió apoyarse en las trivialidades – recuérdese el famoso monólogo de Hamlet – para  plantear los interrogantes más conocidos. Eliot, Borges, Juan Ramón y, en ocasiones, Cela, probaron a tensar con relativo éxito las relaciones con sus lectores. A Neruda y Walt Whitman se les entendía todo a la primera pero no supieron gobernar la facilidad y la desmesura de su pluma. Lezama Lima se aproximó al concepto pero no pudo escapar a las limitaciones de su destino. Cervantes y también Ramón Llull fueron tan grandes que sin proponerse lo uno ni lo otro, supieron ser legibles sólo cuando les convenía y paródicos cuando les entraba la vena hermética.

 

He citado demasiados autores, lo reconozco. Y aún así he obviado voluntariamente a unos cuantos que sé que Cristóbal admira: Michaux, Larrea, Milton y Ramón Gómez de La Serna, entre otros muchos. Sólo pretendía reseñar que Serra, voluntariamente alejado de las modas y los escaparates literarios, participa del espíritu universal de los escritores citados. Su voluntad de sencillez y contenido poético, su brevedad e ironía incuestionables, su profundidad y videncia, su estilo lúcido y, sobre todo, su persistencia silenciosa lo convierten en un escritor que, aún vivo y siempre trabajando, pertenece ya a la historia de la Literatura. El hecho de que sea un autor inclasificable sólo nos lo confirma.